VISIONES
Esperanza López Parada
Pre-Textos, 2006
Pre-Textos, 2006
El tercer libro de Esperanza López Parada se articula en torno a una compleja estructura, ya que a la división del poemario en cuatro secciones (“A lo alto”, “A lo largo”, “Los alrededores” y “La corteza”) se añade un diálogo entre poemas exentos y un largo poema que va asomando fragmentariamente entre éstos, dibujando un trazo que nunca acaba de revelarse por completo. Y nunca acaba de mostrarse del todo quizá porque el mundo se nos revela en la enigmática superficie de las cosas, en donde cada fragmento nombra una imposible totalidad. Hay en la voz poética un anhelo de esa unidad: frente a lo roto, frente a lo disperso, se sueña una totalidad en la que el mundo alcance un momentáneo sentido. Parecería entonces que el amor, las palabras, la memoria de la infancia, el comercio diario con las cosas, invitarían a una continuidad precaria, siempre amenazada por la discontinuidad radical que supone la muerte. Sin embargo, no es exactamente así: porque a la postre, la voz poética reconoce que esa continuidad anhelada no puede ser sino la misma muerte, como en el magnífico poema que abre “Los alrededores”, donde la infancia y la mortalidad se miran al espejo como realidades hermanas: “Quién negará que habíamos nacido/ para callarnos en una muerte sola”. Hay en nuestra condición humana una nostalgia del centro, a pesar de que en ese centro aguarda una aniquilación: “en la deriva plana de la onda/ cada círculo nos expulsa y estamos aquí/ como en exilio deseando que se cierre la rueda”.
En este libro, los objetos más cotidianos (la regadera, el cuchillo, la tetera...) son convocados como presencias (“lo visible lo tangible lo manejable”) que sacian nuestra sed de realidad. Con todo, al singularizarse a través de la mirada poética, adquieren un aire casi irreal, como si quedaran impregnados de la conciencia que los piensa y que, de este modo, los transforma en memoria: “Acaso las cosas son un puente/ entre lo vivo y lo muerto”. Pese a ello, el mundo de los objetos, de los animales, de las plantas se impone como una compañía necesaria: su aparente mudez nos obliga a dudar de nuestra ansia de simetrías y de centros (como se advierte en un poema, en el centro de la manzana está el gusano; allí reside la muerte aguardando en “un centro sin peso ni lugar”). Lo real está en lo inacabado, en lo frágil, en la multiplicidad de lo que se ofrece a una mirada que unifica, pero que no puede pretender que esa unidad sea definitiva o completa.
El trabajo con la sintaxis que lleva a cabo López Parada en su poesía señala asimismo a esa conciencia de un lenguaje que sabe que, donde acaba la Palabra con mayúscula, empieza la poesía. Frente al Verbo, frente al discurso definitivo que pretende ser espejo y resumen del universo, la poesía se nos ofrece sólo como un tanteo, como estupor frente a la existencia. Sin embargo, como ocurre en este valioso libro, habitar en ese estupor puede convertirse en una forma, aunque dolorosa, más humilde y más verdadera de estar en el mundo.
© José Luis Gómez Toré
Luna en la hierba

Traducción y comentarios de Aurelio Asiain
Ed. Hiperión
Ed. Hiperión
A los cada vez menos raros estudios de poesía japonesa que han venido editándose en nuestro país en los últimos años, se une esta reciente recopilación de tankas llamada "Luna en la hierba" Ed. Hiperión. En esta antología el lector asombrado podrá leer-contemplar maravillas como ésta del poeta Fun'ya no Yasuhide, uno de los denominados 6 Poetas Inmortales de Japón:
Cambia el color
de la tierra y los árboles
pero la flor
de las olas del mar
no conoce el otoño.
El tanka tiene en Japón, una tradición más antigua que el mucho más conocido y revisitado en occidente Haiku, que deriva de aquél. La diferencia entre ambas formas, como bien se sabe, está fundamentalmente en la supresión de los dos versos finales, acaso para buscar una mayor condensación poética (por cierto no siempre conseguida) en el haiku. Sin embargo aunque uno sea la semilla del otro, el término tanka comienza a utilizarse también en fechas muy tardías (concretamente en el siglo XIX) por oposición a chôka, expresión que designa un poema de más largo aliento.
Cada tanka seleccionado en “Luna en la hierba” se puede leer acompañado de su correspondiente trascripción gráfica original y una reproducción fonética. El excelente trabajo del traductor y antólogo Aurelio Asiain, profesor de la escuela de estudios extranjeros de Kansai nos premia además con un pequeño estudio de cada poema. Asiain ameniza sus atinados comentarios con otras versiones o con otros antecedentes líricos. No son menos sustanciosos los detalles que cita sobre la vida áulica de los autores: Sugawara no Michizane, elevado por el Emperador y luego caído en desgracia, Ki no Tsurayuki, principal compilador y editor del Kokin wakashû que fijó para la época Heian los límites del gusto poético, o el celebérrimo Fujiwara no Teika, expulsado de la corte del emperador Shirakawa por golpear con un grueso cirio a un general y que más tarde modeló en su antología Ogura hyakunin isshu la imagen esencial que Japón tiene de su poesía clásica.
Este último vate por ejemplo contribuyó a sustituir al ciruelo de influencia china (aunque ya fue Tsurayuki el que realizó ese cambio dos siglos antes) por el cerezo que expresaba mejor, a juzgar por el uso sistemático que hicieron de él otros poetas posteriores, el concepto japonés-zen de lo perecedero como semilla de lo eterno (sólo lo fugitivo permanece, dice nuestro Quevedo). Esto lo ilustra Fujiwara en el siguiente Taika:
Entre cerezos
en flor y luz de luna
se me va el tiempo.
Días y días
años,
nieve sobre la nieve.
Una antología ésta enormemente recomendable, tanto para el estudioso de la poesía como para el poeta (me atrevería a decir que aún más para lectores que no se acercan habitualmente a la poesía), que permite paladear esa liviandad espiritual que muy a menudo transmite Japón por medio de sus refinados gustos estéticos.
© Miguel Ángel Gara
Radiografía del temblor

Rubén Martín
Renacimiento, 2007
Renacimiento, 2007
El primer libro de Rubén Martín (Granada, 1980), Radiografía del temblor, fue galardonado con el premio Andalucía Joven 2006. Sorprende, en un primer poemario, la saludable ambición de su autor, visible por ejemplo en la exploración de distintas formas poéticas: el verso libre, los poemas con rima, el poema en prosa,... incluso, en la sección “Sutura”, Rubén Martín se atreve con una estrofa tan compleja como la sextina, que podría resultar (afortunadamente, no es éste el caso) en exceso artificiosa.
Pero nos equivocaríamos si pensáramos que esta variedad formal (en la que destaca, no obstante, el poema en verso libre) se reduce a un alarde de virtuosismo. No estamos ante un cuaderno de ejercicios de estilo. Hay, en estos poemas, una mirada personal que sabe habitar ese temblor que convoca la palabra poética y que se evoca en el título. Cuerpo, mirada y lenguaje son los hilos que teje el poeta para trazar su peculiar radiografía de la existencia. La experiencia del cuerpo resulta a la vez material y fantasmal, porque el cuerpo es la evidencia pero también la distancia, el límite en el que reconocemos una frontera a la que no es ajena la certeza de la muerte. El cuerpo es una herida y aquello que restaña la herida: “Como quien trata de frenar una hemorragia,/ así este abrazo”. El cuerpo se presenta asimismo como experiencia del lenguaje, tal vez porque el lenguaje poético y el de los cuerpos comparten la certeza de una presencia: el cuerpo es locuaz en su silencio y el poema se sabe un cuerpo de palabras. Y sin embargo, al mismo tiempo, tanto la escritura como el amor nos llevan a asomarnos al abismo de una ausencia. Como si cada palabra, cada gesto, convocara necesariamente la sombra de la incomunicación, de un diálogo roto: “Decidieron refugiarse uno en el otro, igual que la palabra se refugia en el desesperado trazo de la tinta”.
“Porque no poseemos,/ vemos”, afirmaba Claudio Rodríguez en un poema memorable. En Radiografía del temblor el acto de ver nombra a menudo una distancia. Es así una mirada que sufre el dolor de no ser tacto. Y sin embargo, la mirada puede adquirir de pronto un espesor carnal, que no necesariamente supone una conciliación con el mundo. En esa cercanía entre el mundo y el ojo, entre el que mira y lo mirado, late también una amenaza como en el magnífico poema que da título al libro, “La punta de una aguja/ se aproxima/ a tu pupila”. El poeta sabe que “el mundo quiere párpado” pero la noche, que pertenece a los amantes también “es de los asesinos”. Por ello, advierte: “no permitas que el iris/ se devore a sí mismo para sobrevivir”. Rubén Martín, en el hermoso libro con el que inicia su trayectoria poética, se exige a sí mismo (y nos exige) una lucidez que es también la certeza de la sombra, el estupor de quien sabe que en la superficie hay un enigma y que cada ser puede albergar un secreto: “Dentro del pájaro, la jaula”.
© José Luis Gómez Toré
