LOS OTROS
por Rodrigo Galarza
“El poeta es el balsero que cruza a veces a los hombres
desde la ribera de la muerte a la ribera de la vida”
Francisco Madariaga
Él bebía la sangre de poetas anónimos, de hombres hechos para el coraje, gauchos gallardos y pendencieros que empuñan el mejor de los cuchillos: el silencio y la fidelidad a un orden bárbaro. Se llamaba Francisco Madariaga, poeta de los llanos y esteros correntinos. Cuentan que era un hombre que de caballo preñaba a las ánimas de la inspiración, y que alternaba su vida entre el asfalto y el estero. Así desarrolló en Buenos Aires su importante vida literaria pero con el corazón afincado en las llanuras de la provincia que albergó su niñez y adolescencia.
Perteneciente al grupo de los surrealistas argentinos capitaneados por Aldo Pellegrini llevó adelante junto a Enrique Molina y otros publicaciones como “A partir de Cero” o “Letra y línea”.
Más de un docena de libros de poesía acreditan su obra embarcada en proponer una voz en la que confluyen líneas diversas, tonos varios y extraños: la gauchesca y el surrealismo, pero también el barroco americano o la herencia de Oliverio Girondo. Ajeno a la retórica su elocución es lineal , y de a ratos una transposición de ricas imágenes en forma de mosaicos que se hunden en la realidad y que epifánicas resurgen llevándola a un nuevo plano de intensificación lírica:” sólo enredaste tu sangre un instante en mi corazón y sangraron tus manos/ oh esbelta de labios culpables de infinito”.
Desde sus poemas adolescentes, Madariaga emprendió la búsqueda de una palabra poética que tradujera y conciliara al mismo tiempo su mundo interior con lo deslumbrante que le resultaba el paisaje exterior: lagunas, palmeras, boas, pájaro; la fuerza de un erotismo salvaje. Con dieciséis años escribía: “Ruega Bruja por mí/ siento que el color arroja su fuerza/ el gallo más sonoro que yo (...) en la fiebre de las urdimbres temblorosas/ el bosque me penetra en la humedad (...) la muerte, los colores y el amor/ tejen entre las ramas algo mío(...) las arañas cuelgan sus arpas en el aire/ ¡te está llamando a ti toda esa música!. Poco a poco irá llenando esos paisajes con sus habitantes, esa estirpe casi en extinción (en la actualidad) de gauchos ariscos, salteadores y bandoleros míticos, propio de una cultura nacida a partir del mestizaje europeo y guaraní. Cautivado por esa región de infinito plagada de misterios y abras de sueños, el lenguaje de Madariaga surge a borbotones por excesos incandescentes que por momentos le emparientan con el surrealismo no como actitud adherente hacia este movimiento sino como un estado natural que fluye de su propia identidad, tal como afirmara el poeta argentino Juan Antonio Vasco: “si los vegetales se pliegan al tropismo, los animales al instinto, los hombres a la motivación, Madariaga muestra los tres modos de ser ensamblados en su persona, conglomerados en su paisaje nativo. Cuando su poesía hace recordar el lenguaje de la corriente de Bretón, no es por ánimo preconcebido, sino porque la palabra surge de él como un rugido de jaguar, rumor de lluvia, vuelo de pájaro”, y aquí citamos un poema completo: El sonido de un tren que se ahoga en las cataratas de las hojas/ Al fondo de la selva liviana y los cocoteros se hunde el nivel del llanto, el peso entero de los sueños/ Peso entero del saco de perfume de la gracia, estoy entre la espada del paisaje y el ladrillo caliente del olvido, viajando con un ardor de joya y sangre/ Escuchando el aullido de mi candor: mi nueva fiesta. Al respecto el mismo Madariaga afirmaría en una entrevista realizada por Jorge Fondebrider: “el surrealismo lo asumí como algo que me permitió desarrollar elementos estrictamente americanos. No nos olvidemos de que Europa y América son mundos diferentes, no tienen la misma manera de concebir al razón. Para mí el surrealismo no fue protesta, fue boda. No me sirvió para rechazar el mundo sino para celebrarlo. La realidad americana, con sus excesos, ya cumple con la rebelión que los europeos debieron llevar adelante por medio de sus ataques al racionalismo. La expresión de esa realidad americana vinculada a mi país natal siempre estuvo en mí. El surrealismo me ayudo a encontrar la manera. Fue una revelación.”
La defensa del guacho a través de la mitificación de su carácter y del espacio en que habita, lo lleva a cabo apostando a una poesía totalmente ajena a la gauchesca, lo que le permite esbozar auténticas y múltiples estampas desprovistas de pintoresquismos y folclorismos fosilizantes. Su lenguaje apunta a “entroncar las peticiones más profundas de la moderna poesía europea con su re-descubierta raíz americana” , señala la poeta y ensayista Graciela Maturo, que continua diciendo: “La obra de este correntino alcanza a poner en marcha a la memoria, redescubriendo valores y logrando una plenitud de la conciencia. Cierto rimbaudiano anarquismo lo aleja de las “crapulosas familias”, de los poetas oficiales, los escribas. En su repulsa a una sociedad enfermiza se acerca a los tonos nieztscheanos de un profeta solitario: brota de mi corazón una ebriedad de lágrimas, arrodilladas para cantar un nuevo tiempo; descienda a la pureza natural, a una condición vegetal o felina, en singular compenetración con la tierra. No es la suya una poesía descriptiva -¿alguna poesía lo es?- instauradora de una continuidad subjetiva-objetiva. Todo lo traspasa un mismo movimiento, el deseo que enlaza con su entorno y se refleja en el agua, el viento, los trenes, los viejos carruajes, el caballo que avanza por los pantanos, el alba que sube. No existe lo objetivo puro, todo expresa la pasión de quien contempla y se contempla: “Mi sed de carozo astral donde se desangran los tesoros del mar y de la tierra. El amor es continuo y el viento lo despierta y lo adora con sus hombres hasta la tierra de salvación y el infinito...”
Para terminar con este breve e incompleto acercamiento a la singular obra de este poeta correntino transcribimos lo podría llamarse una declaración de principios desde su propia voz: "soy una víctima de todo lo que es imagen,/ carezco de un ser "responsable" ante la "realidad",/ y no ofrezco garantía alguna para el alba de una resurrección./ ¿Dirán que pertenezco al dios del vino?/¿O, como antaño, que soy un extraño o un cantor ciego?/ Un ciego en todo caso de los reinos Sol y Sombra/ ebrio de infinitud./ Estos jueces están siempre contra la gracia abierta de la imagen".
REHÉN DE LA COLINA
1
Oh candoroso embriagado entre loros,
entre isletas subiendo hasta el nivel de la colina,
canta en tu boca el canto ardiente de otra boca,
y cuando la sangre sube hasta tus ojos es
porque están quebradas todas las fulguraciones
del sollozo en tu pecho.
Canta, viejo rehén de la colina.
Arde, candoroso de alcohol negro, que con palmas
salvajes tienen hijos que retornan al viento,
al gemido del clima en el olor áspero y cruel
de las arañas del estero,
en aquel paisaje de cristal desprendido del fuego.
2
Asombra al mundo en un paisaje de enero,
oh demente,
oh luz de la humedad.
Ah colgado sediento de unos ojos,
duerme, duerme bajo la luz del padre al otro
extremo del poder y la delicadeza.
En tus ojos la berlina del viaje amarillo arde helada.
Beso tras beso el pasajero toca la raya de ácido
caliente del retorno.
Sé piadoso con el otro limite de tu fragilidad,
padre aletargado por el sol,
presión de la locura de una tierra suspendida en
la tela del agua y del fuego.
EL RIESGO DE LA VERDAD
Caes en mí como una brusca levedad del clima,
del agua,
de una oblicua y desterrada colina,
castigo delicado de un paisaje solamente hollado
por su propia demencia.
Mi desnudez asume así tu cálido cristal
y se destina más al fondo del celo
con piel sonriente candente de tu herida.
Adorada mía tapizada de rayos,
con tu colina bajando todas las aguas de la locura.
Niña mía, con la boca cargada del esplendor del
plátano, alguien, alguien tiene que depender
del canto.
