VISIONES
Estancia

Sergio Gaspar
Editorial DVD, 2009
Editorial DVD, 2009
Lo primero que llama la atención de este nuevo libro de Sergio Gaspar (Checa, 1954) es la crudeza tanto del lenguaje como de los temas así como la aparente heterogeneidad de los materiales que conforman el libro. La primera parte, titulada precisamente "Estancia", está formada por una serie de poemas cuyo impulso inicial nos lo revela el poeta en unos versos que estremecen por su aparente tono aséptico: " El 25 de junio/ a las siete de la tarde/ -una hora como tantas, tal vez poco taurina-, murió mi madre en el hospital de Sant Pau,/ en Barcelona, de un colapso cardio-respiratorio". Se trata de una muerte sorprendentemente demorada: la madre vuelve a marcharse "finalmente treinta y seis días despúes de morir" en una segunda muerte, que abre un extraño paréntesis en el que la existencia de los vivos se contamina de esa muerte que los circunda. La segunda sección "Un día con Stevens" se construye mediante el contraste entre el tono (el más conscientemente alejado de lo que se ha venido a llamar realismo sucio y el más cercano a lo lírico) y el terrible episodio aludido, el asesinato de un niño en un bosque (en virtud de ese contraste, el lirismo no es aquí un bálsamo, sino un doloroso espejo que hace aún más irrespirable el crimen). Por último, "Enunciado" es un relato que nos acerca al lado más perturbador de las fantasías sexuales, un cuento perverso que podría parecer en principio fuera de lugar en un libro constituido en su mayor parte por poemas. Sin embargo, su inclusión fuerza al lector a una doble lectura del texto desde la continuidad narrativa pero también desde el fragmentarismo de la mirada poética.
Con todo, hay un hilo conductor que vincula cada una de las secciones del libro y ese hilo no es otro que el cuerpo. Se trata de una visión de lo corporal que cuestiona tanto la imagen idealizada de buena parte de la tradición poética como la sublimación de una época como la nuestra que paradójicamente rinde culto al cuerpo mientras que propicia la desaparición del cuerpo real. Y ese cuerpo real adquiere una dolorosa presencia en Estancia: con una lucidez que duele, Gaspar nos acerca esa corporalidad que el imaginario del capitalismo tardío nos hurta porque es un cuerpo que pone en primer lugar la carne sufriente y deseante, la carne que envejece y que enferma, la carne que devora y defeca, que siente la sexualidad como una promesa pero también como un abismo. Si "Estancia" nos enfrenta a la figura enigmática del cuerpo de la madre arrojado a la muerte, "Un día con Stevens" se acerca al cuerpo vulnerado de la carne más frágil mientras que en "Enunciado" los incómodos vínculos entre el sexo, la dominación y la violencia nos interpelan sobre el enigma del otro. Una otredad de la que no podemos escapar porque no acecha en nuestro propio cuerpo, aquello que es lo más nuestro, lo que somos, pero también la alteridad más enigmática. Así, el cuerpo nos sitúa en la encrucijada de una vida que se niega a ser salvada por la conciencia como totalidad: "Vivimos todo, pero contamos sus fragmentos".
La palabra "Estancia" del título hace alusión a la habitación de la madre pero también a la propia existencia, a esa "estancia del aire" de la vida en la que la madre muerta quiere permanecer, al mundo a la vez como morada y encierro. Ambos sentidos se acaban confundiendo como si el mundo fuera la habitación de un enfermo: "He llegado a una tierra, al final de la tarde,/ que es el piso en el que mi madre crecía su enfermedad". Existe otra acepción de la palabra "estancia", que probablemente no estaba en la intención del autor y que resulta en principio ajena por completo al texto, pero que, sin embargo, quiero mencionar. Como es sabido, la estancia es una forma estrófica que impone un esquema métrico, un orden, al desorden de la silva, cuya etimología alude directamente a la vegetación abigarrada de la selva o el bosque. De igual manera, el verbo incómodo pero lúcido de Sergio Gaspar reúne unos jirones de existencia, nos obliga a pensar juntos esos pedazos rotos, esa selva en la que nuestros cuerpos animales enfrentan la muerte entre la palabra y el grito. "Entremos/ en esta música que no está sucediendo", nos dice desde su desencanto el yo lírico. Una música que tal vez es ausencia y, sin embargo, nos deja a la intemperie.
José Luis Gómez Toré

Con todo, hay un hilo conductor que vincula cada una de las secciones del libro y ese hilo no es otro que el cuerpo. Se trata de una visión de lo corporal que cuestiona tanto la imagen idealizada de buena parte de la tradición poética como la sublimación de una época como la nuestra que paradójicamente rinde culto al cuerpo mientras que propicia la desaparición del cuerpo real. Y ese cuerpo real adquiere una dolorosa presencia en Estancia: con una lucidez que duele, Gaspar nos acerca esa corporalidad que el imaginario del capitalismo tardío nos hurta porque es un cuerpo que pone en primer lugar la carne sufriente y deseante, la carne que envejece y que enferma, la carne que devora y defeca, que siente la sexualidad como una promesa pero también como un abismo. Si "Estancia" nos enfrenta a la figura enigmática del cuerpo de la madre arrojado a la muerte, "Un día con Stevens" se acerca al cuerpo vulnerado de la carne más frágil mientras que en "Enunciado" los incómodos vínculos entre el sexo, la dominación y la violencia nos interpelan sobre el enigma del otro. Una otredad de la que no podemos escapar porque no acecha en nuestro propio cuerpo, aquello que es lo más nuestro, lo que somos, pero también la alteridad más enigmática. Así, el cuerpo nos sitúa en la encrucijada de una vida que se niega a ser salvada por la conciencia como totalidad: "Vivimos todo, pero contamos sus fragmentos".
La palabra "Estancia" del título hace alusión a la habitación de la madre pero también a la propia existencia, a esa "estancia del aire" de la vida en la que la madre muerta quiere permanecer, al mundo a la vez como morada y encierro. Ambos sentidos se acaban confundiendo como si el mundo fuera la habitación de un enfermo: "He llegado a una tierra, al final de la tarde,/ que es el piso en el que mi madre crecía su enfermedad". Existe otra acepción de la palabra "estancia", que probablemente no estaba en la intención del autor y que resulta en principio ajena por completo al texto, pero que, sin embargo, quiero mencionar. Como es sabido, la estancia es una forma estrófica que impone un esquema métrico, un orden, al desorden de la silva, cuya etimología alude directamente a la vegetación abigarrada de la selva o el bosque. De igual manera, el verbo incómodo pero lúcido de Sergio Gaspar reúne unos jirones de existencia, nos obliga a pensar juntos esos pedazos rotos, esa selva en la que nuestros cuerpos animales enfrentan la muerte entre la palabra y el grito. "Entremos/ en esta música que no está sucediendo", nos dice desde su desencanto el yo lírico. Una música que tal vez es ausencia y, sin embargo, nos deja a la intemperie.
José Luis Gómez Toré
Puerto Rico digital

Julia Piera
Editorial Bartleby, 2009
Editorial Bartleby, 2009
La poesía es territorio para el asombro y la extrañeza. Algunos poetas han tenido la rara cualidad de levantar un universo dislocado, simbólico, dentro del cual las categorías más o menos establecidas en la sociedad se ponen en duda y se abisman. No en vano, para ciertos teóricos, una de las señas identitarias de la poesía es su capacidad de extrañamiento, de presentar la inteligibilidad de lo otro, mostrar su razonabilidad, de modo que quedan suspendidas las certezas morales de nuestra aparentemente sólida racionalidad. Al igual que la antropología habla de entrenar la “destreza del extrañamiento” como requisito ineludible para el etnógrafo, podríamos decir que para muchos poetas (no todas las poéticas, claro está, siguen este decurso) esa misma destreza se transustancia en médula de su labor literaria. Como si el desplazamiento, en algún grado, fuera imprescindible para facilitar el movimiento intelectual. Para estos poetas (pienso, por ejemplo, en Vallejo, en Celan, en Gamoneda, en Ashbery) no hay poesía sin extrañamiento, descentración de su propia realidad y de sus categorías de interpretación de la realidad. Mejor lo expresa el argentino Hugo Mújica a propósito de su último libro “La pasión según Georg Trakl: poesía y expiación”: El alma es extraña en la tierra, escribió Trakl, y esa misma extrañeza iba a ser el sendero de su vida. El exilio de no haberla podido encarnar: el ser un extraño en su propia carne. Un extraño de su propia carne. Pues bien, Puerto Rico digital es, a mi modo de ver, un buen ejemplo de poesía extrañada, descentrada, salida de sí para hallar lo otro. De entrada diremos que este poemario se articula en cuatro partes cuyos títulos ya anticipan, a las claras, que no estamos frente a un libro de factura clásica sino, todo lo contrario, ante un despliegue de universos alucinados y oscuros: Sobre el cielo de Oz, Gladiola digital, La Perla y El tiempo del bambú. Como lector, al abrir el índice y toparme con ese mapa, inmediatamente mis pensamientos se colocan en posición lateral a la espera de un impacto para el que no suelen estar acostumbrados. Desde los primeros versos, Julia Piera descoyunta el lenguaje para tejer su propia “destreza de extrañamiento”: Cae, cae triste al cruel / brinco / cabeza animal / de otro animal / que seas tú, escrita. Cada poema del libro se enlaza al resto mediante un discurso problematizador, hipnótico, sincopado, ajeno por completo a la inteligibilidad más o menos heredada. Julia Piera, como una especie de nueva heredera de la tradición vanguardista sabe poner en suspenso cada palabra, de modo que su hilatura se construye como una red rota, difícil de acceder desde parámetros mansos. Puerto Rico digital parece, ante todo, una bajada en apnea hacia nuevos significados que den cuenta de nuestro propio extrañamiento, de lo extranjero que hay en nosotros mismos, de la imposibilidad de comprender lo que nos circunda sin hacer ese viaje empático hacia lo otro. Pero no se trata de una empatía simplificadora, buonista, sino más bien de un replanteamiento del discurso a partir de las fragilidades de la identidad. No estaríamos ante un poemario identitario. El yo se bifurca, se desdobla, se confunde, se desdice, viaja de un lado a otro de la realidad como una mancha abstracta, nunca como un cuerpo ceñido y sólido. Por eso este libro, a mi juicio, constituye un ejemplo de poesía descentrada, rota en su interior. Pero si hay alguna sección del libro que, particularmente, me parece lograda, esa es La Perla. Ya desde la cita que abre dicha sección se nos informa que lo aleatorio y breve representa. Así que después no es extraño encontrarnos con una voz poblada de múltiples posiciones físicas e intelectuales, que avanza en su “extrañamiento” hasta no ser ya la misma voz, sino otra, más alumbradora de las perplejidades de la cotidianeidad. Lo material, lo digital, la historia, el tiempo, el presente, quedan definitivamente entrecruzados, convertidos en magma textual vivo que dice y se proyecta por sí mismo. Poemas en prosa impagables que no se quedan en una simple latencia intelectual, sino que están preñados de emoción. No degüelles a las iguanas azules. Respiran cuerdas esculpidas en acero, abrigan unos pulmones de oro hilado. Tajo al mercurio en la voz. La carne magnética se funde con el metal precioso. Silencio de fruta y amante blanca. Password: 1.2.3. Chip descodificador de breves sucesos. Corta su entrada de pies de plata. No mires adentro. Ni degüelles a las IGUANAS AZULES. Con este libro Julia Piera consolida una deriva llena de complejidades, de registros, plural y abierta a posibilidades expresivas menos ensimismadas. Un texto que interpela con eficacia, que rompe las estructuras manidas del lenguaje y busca lo extraño dentro de la identidad.
Ernesto García López
Ernesto García López