VISIONES
De otra manera

Jane Kenion
Edición y traducción de Hilario Barrero
Pre-Textos, 2007
Edición y traducción de Hilario Barrero
Pre-Textos, 2007
Los poemas incluidos en esta antología de la norteamericana Jane Kenyon (1947-1995) nos acercan a una escritura que trata de superar la dicotomía entre temas supuestamente poéticos y no poéticos así como la oposición entre un lenguaje poético a priori y un lenguaje también considerado apriorísticamente prosaico. Así, su mirada presta especial atención a lo cotidiano mediante una dicción lingüística que, en apariencia, se muestra muy cercana a la lengua coloquial. La investigación de las posibilidades del coloquialismo ha sido una constante en la poesía norteamericana del siglo XX, como muestran poéticas tan diversas, e incluso opuestas entre sí, como las que encontramos en Ezra Pound, Raymond Carver, Allen Ginsberg, John Ashbery o Sharon Olds.
Es la suya una apuesta difícil y, en mi opinión, no siempre Kenyon logra trascender la anécdota o la mera efusión sentimental. Sin embargo, cuando lo logra (y lo hace en no pocas ocasiones) asistimos a esa capacidad que tiene siempre la buena poesía de nutrirse de lo real, transfigurando y conservando al mismo tiempo ese elemento de realidad que ha dado pie al poema.
La poesía de Kenyon nos da la sensación de estar mirando un lago de aguas en apariencia trasparentes pero con profundidades insospechadas. Así, en la descripción de escenas familiares en un ambiente rural (reflejo de su vida en New Hampshire, junto con su marido, el también poeta Donald Hall) podemos encontrar inesperadas asociaciones con el paisaje interior del yo lírico, asociaciones que a veces nos recuerdan lo cercanos que se encontraban, para Freud, lo familiar y lo siniestro. En efecto, si el hogar es un espacio clave para la poeta norteamericana, no siempre resulta éste un espacio tranquilizador: en sus poemas, vemos cómo también en el hogar es posible sentirse a la intemperie, paradójicamente lejos de casa. La fragilidad de la vida puede incluso hacer que el yo lírico sienta muy lejano del ámparo del templo, lo que resulta no poco significativo en una persona de sensibilidad y creencias religiosas como Kenyon: “Pero a veces lo que parece un desastre/ es un desastre, al fin llega el día/ y los hombres mueven penosamente el ataúd/ que pasa con dificultad entre los bancos de la iglesia”. Esa sensación de vivir a la intemperie se acentúa en los últimos poemas recogidos en el libro, que corresponden a la época en la que se hacían más palpables los signos de la leucemia que acabó con la vida de la escritora. Si bien, en dichos textos, es asimismo posible percibir una serenidad que, en poemas como “Leyendo en voz alta a mi padre”, remiten tanto a una esperanza religiosa como a la actitud de quien sabe que la muerte ofrece una certeza en medio de tantas incertidumbres.
En uno de sus últimos poemas, “Interiores holandeses”, la poeta norteamericana destaca esa capacidad que aparece en maestros de la pintura holandesa como Vermeer para trasfigurar lo cotidiano: “Ahora dime que el Espíritu Santo/ no mora en el juego de luces/ sobre la cuchillería”. De igual forma, Jane Kenyon, en poemas como “La pera”, “La patata” o “Colada”, lee, en un objeto aparentemente insignificante, signos elocuentes del libro del mundo.
© José Luis Gómez Toré
LA DIFERENCIA ENTRE PEPSI Y COCA COLA
Antología de poesía norteamericana contemporánea
Antología de poesía norteamericana contemporánea

Editorial Vitrubio. 2007
¿Cuándo es buena una antología y, más concretamente, una antología poética? A riesgo de parecer simplista diré que “cuando los que están son”. Me refiero a los poetas, claro. Y, también, a los poemas. Creo que este es el primer mérito de esta Antología y de su antólogo. No hay un poema malo.
Luego, tratándose de una Antología bilingüe, la traducción importa. Julio Mas ha sido antólogo y traductor. Y hay que ser muy buen traductor y muy buen poeta para hacer lo que él ha hecho: traducir bien. Con precisión. Con dignidad. Con el debido respeto. De artesano a artesano, de poeta a poeta.
Algo sobre los poetas incluidos. Sus edades están entre 66 y 46. Son lo que podríamos denominar poetas “hechos”. Casi todos ellos han recibido becas y enseñan lengua, literatura o poesía en campus universitarios, predominantemente de la costa este. Hay seis hombres y cuatro mujeres. La mayoría ha recibido más de un premio, incluido el Pulitzer. Además de maduros son poetas “laureados”.
Se trata de un grupo heterogéneo pero también tienen similitudes. Una de ellas es que hacen poesía con materiales cotidianos, en ocasiones con materiales derribo. Billy Collins lo resume bien en dos versos de “Ossobuco”:“You know: the driving rain, the boots by the door, small birds searching for berries in winter / Ya sabes: la lluvia mientras conduces, las botas en la puerta, pequeños pájaros buscando bayas en invierno”. O con lo que, por inconfesable, se disimula y oculta, como en los poemas de Dean Young o de Denise Duhamel, cuyo poema “Bulimia” me parece un prodigio (casi todos los poemas de esta mujer me parecen un prodigio).
Otra similitud es que la sátira social y la crítica política, directas u oblicuas, irreverentes a veces, están presentes y aparecen muy unidas. Con frecuencia a la segunda se llega a través de la primera.
Una tercera sería una concepción fragmentaria y contradictoria de la realidad que en lo formal se traduce en el recurso a distintas estructuras lingüísticas dentro de un mismo poema. Sin llegar al radicalismo de un John Ashbery pero compartiendo y beneficiándose de sus hallazgos.
Si tuviera que escoger un solo rasgo común me atrevería a decir que es la poesía concebida como flujo, como decurso vital, e interpretada con técnicas que parecen tomadas de la fotografía, del collage y del reportaje. A esta poesía se la ha llamado a veces “narrativa”, no sé si para caracterizarla o para caricaturizarla. Trabajar así implica transgredir las fronteras de género, usar diálogos, tiempos cambiantes, eslóganes publicitarios, onomatopeyas y citas; mezclar lo objetivo y lo subjetivo; objetivar el discurso interior.
En “El mundo de hoy” Kapucinsky escribió: “Obligada a competir nada menos que con la televisión, la palabra escrita libra una batalla muy desigual en su afán por transmitir verdades sobre otras culturas, sobre tipos humanos distintos, sus motivaciones y maneras de comprender la vida. Aún así es necesario librarla.”
Esta Antología forma parte de esa batalla y por eso me gusta. Por eso, y porque nos abre la puerta a una estancia donde bulle uno de los crisoles más lúcidos y valientes de la cultura norteaméricana contemporánea que es su poesía. Una poesía que, parafraseando a Vargas Llosa, “nos recuerda que todo ser humano es muchas cosas a la vez y que tratar de encerrarlo en una pequeña cajita – por ejemplo, su religión, su raza o su lengua – es desnaturalizarlo totalmente y condenarse a no entenderlo”.
Por todo esto se lo recomiendo. No se lo pierdan.
© Alberto Infante
Un jardín olvidado
(XXII Premio de Poesía Hiperión)

LUIS BAGUÉ QUÍLEZ
Madrid, Hiperión, 2007
El premio Hiperión ha correspondido, en 2007, ex aequo, a Álvaro Tato, por Cara máscara, y a Luis Bagué (Palafrugell, Gerona, 1978) por este libro cuyo título nos acerca, de manera a la vez sugerente y precisa, a su contenido. En los poemas de Un jardín olvidado la voz poética testimonia una necesidad de habitar, de encontrar ese jardín propio que parece ocultarse, como promesa o como recuerdo, en cada estación de nuestro itinerario vital. Sin embargo, el yo lírico no puede dejar de constatar elegíacamente la victoria del Tiempo sobre esos lugares que quisiéramos que fueran pequeños paraísos, jardines cerrados a salvo del paso de los años. Difícilmente el símbolo del jardín podía dejar de arrastrar, en una cultura como la nuestra, la referencia al Jardín del Edén, al paraíso perdido: “Porque la noche tiene nombre propio/ y hemos dejado atrás el paraíso”. La memoria desempeña un papel importante en este poemario, ya que el recuerdo va levantándose como un jardín interior, donde habitara el pasado pero, al mismo tiempo, donde cada vez fuera más patente la amenaza del olvido. El amor y la niñez (“He pasado la noche junto a la geografía/ que custodió mi infancia”) aparecen también como esos espacios propios que se quisieran a salvo de todas las incertidumbres. La voz meditativa de Bagué acierta, a través de un verso que aúna reflexión y emoción, a dar cuenta de una nostalgia que irremediablemente forma parte de nuestra condición humana.
© José Luis Gómez Toré