VISIONES
Juan Antonio González-Iglesias
Madrid, Visor, 2007
Madrid, Visor, 2007
El premio Loewe (que ha correspondido, en su XIX edición de este año, a Eros es más) ha alcanzado una notoriedad evidente, lo que le ha proporcionado una presencia segura en el siempre breve espacio que los medios de comunicación dedican a la poesía. Ello puede hacer pensar que un galardón como el Loewe es sinónimo de excelencia. Personalmente, no creo que sea siempre así, y, junto a indudables aciertos, me parece que es un premio, como casi todos, desigual, que tiende a premiar estéticas y trayectorias ya asentadas antes que descubrir nuevos caminos para la escritura poética (lo cual, por otra parte, no deja de ser una constante de buena parte de los premios literarios, que suelen por lo general ser conservadores en lo que a estética se refiere). Por ello, creo que conviene acercarse a este libro de González-Iglesias desde el interés que pueda tener su propia obra y no desde el prestigio, más o menos discutible, de un premio.
González-Iglesias no es ningún desconocido en el mundo de la poesía. Libros como La hermosura del héroe, Este es mi cuerpo y Un ángulo me basta dibujan un mundo poético muy personal que no contradice este Eros es más. Como el propio poeta nos aclara en su prólogo, el título del libro lo toma prestado de Vicente Núñez, quien a su vez juega con la máxima del minimalismo atribuida a Van der Rohe “Menos es más”. El título puede llevar a engaño (y, de hecho, ha despistado no poco a algunos periodistas apresurados): si bien el erotismo no está ausente, aquí la fuerza del Eros nos remite a una tradición que arranca de Platón y de los neoplatónicos y que, sin negar los cuerpos, señala más bien a la certeza, o al menos al deseo, de una ley cósmica (ley cósmica que, en alguno de los poemas de este libro, apunta asimismo al deseo de una auténtica comunidad humana, de un ideal más fraterno y más libre de la vida política). Eros es la certidumbre de la persona amada (“Si me despierto en medio de la noche”), pero también un anhelo de vencer la muerte y el tiempo, evidente en los poemas que cierran el libro “In joyful memory” y “Hay algo en el amor”. Una vez más, Eros contra Thanatos pero aquí el combatiente disimula sus armas. El amor se enfrenta a su adversario, no desde la indignación o el desespero, sino desde la voz serenada de quien sabe que el amor exige trascender nuestra precaria condición mortal: “algo en el amor no es de este mundo”. La creencia cristiana en la resurrección de la carne es una presencia reiterada en estos poemas, donde el deseo de la eternidad es, como en Cernuda o en Brines, el deseo pagano de una eternidad en el tiempo.
El poeta, profesor universitario de Filología Latina y traductor de poetas de la Roma clásica, sabe descubrir una corriente que comunica la Antigüedad grecolatina y nuestros días. Si bien en algunos poemas las referencias cultas constituyen un elemento central del poema (“El reinado de Adriano”, “El tiempo engendra décadas”, “Correspondencia”...), lo cierto es que no estamos ante un culturalismo como el de los novísimos. La cultura y la erudición, lejos de crear un mundo autónomo al margen de una realidad sentida como insatisfactoria, evocan en el poeta un arte de vivir, asentado en un humanismo que combina las enseñanzas de estoicos y epicureos (quizá no está de más recordar que una de las más encendidas alabanzas del Eros como ley del mundo es el himno a Venus que abre De rerum natura de Lucrecio, discípulo aventajado de Epicuro). Como García Baena (al que el autor dedica su poema “Jueves santo”), la voz humanista de González Iglesias pone a dialogar, de tú a tú, paganismo y cristianismo. Por paradójico que pueda parecer, su arte de vivir es al mismo tiempo una ascética y una afirmación del placer, de la vida, del cuerpo. Esa serenidad horaciana con la que González Iglesias afronta la existencia se muestra de manera evidente en el tratamiento del erotismo homosexual. Aquí, el homoerotismo se dice, no desde la rebeldía ni desde la trasgresión, sino desde esa ley universal que es Eros, ley de conciliación antes que de oposición (señalemos de paso que asistimos, en la última poesía española, a lo que podíamos llamar una normalización de la temática homosexual, más cercana a la visión afirmativa de un Gil-Albert que a la rebelión cernudiana). No obstante, no todo es aceptación serena de la vida: como se nos muestra, por ejemplo, en “Arte de traducir”, el poeta no deja de ocultar la turbación que le causa vivir en tiempos convulsos.
La aparente sencillez de la escritura de González Iglesias nos ofrece una dicción que tiende a eliminar la oposición entre prosa y verso. Por ello, es este un libro que gana con una segunda lectura. Releer estos poemas nos permite apreciar matices de expresión y pensamiento que la aparente trasparencia de su verso nos vela en un principio. No obstante, no puede decirse que el poeta sortee siempre los riesgos de una escritura de estas características: hay una línea muy sutil que separa la siempre necesaria poesía meditativa del pensamiento versificado y en ocasiones González Iglesias la traspasa (pienso, por ejemplo, en poemas como “Gimnasta”, “En el jardín cristiano”, “Málaga” o “El tiempo engendra décadas” que, sin ser textos del todo fallidos, no alcanzan, a mi juicio, suficiente tensión expresiva). Desde luego, la poesía puede y debe escribirse desde la inteligencia, pero no sólo desde la inteligencia: la difícil sencillez de González Iglesias, la ascética a la que somete su lenguaje, constituye uno de los mayores atractivos de su poesía, pero conviene no olvidar que un razonamiento lúcido no basta para conformar un buen poema.
Decía Cortázar que, en Pedro Salinas, la inteligencia también hacía el amor. González Iglesias consigue sus mejores logros en el equilibrio entre (como quería Unamuno) el pensamiento que siente y la emoción que piensa. También en el equilibrio difícil entre la cercanía y la distancia: “El asceta es consciente de demasiadas cosas./ Un exceso de amor lo amarra al mundo”.
© José Luis Gómez Toré
Pasos en el agua

LA HEREDAD DE LA MEMORIA
Bajo el título genérico de Veleta de la curiosidad, el poeta, crítico y ensayista, José Luna Borge, lleva años acompañándonos y deleitándonos con una serie de diarios para, como el propio autor dice: “en solitaria rutina poner en orden acontecimientos y pensamientos que cada día nos asaltan.”
Luna Borge vuelve a ofrecernos ahora otro título, Pasos en el agua, publicado por la editorial gijonesa Llibros del Pexe en una sencilla, cuidada y elegante edición.
Los días por los que transcurre este diario son los de 1996. En las otras dos obras publicadas, Pasos en la nieve y Pasos en la niebla, se recogían los años de 1995 y 1997 respectivamente, con lo que este diario se encontraría en medio de los dos anteriormente citados. Esto no importa mucho. Son los diarios de Luna Borge una suerte de caída libre hacia el pasado y poco nos importan las fechas en donde se reflejan los hechos del ayer, si no los hechos mismos.
José Luna Borge vive envuelto en lo cotidiano. Escribe, lee, escucha música, se encuentra con algún amigo poeta, pasea, anota puntualmente tal o cual reflexión, también algunas observaciones críticas sobre actuaciones con las que no está de acuerdo, asiste a algún acto literario, se afana porque el suplemento cultural que dirige, “La Mirada”, salga puntual y correcto cada semana…Todo ello presentado sin ninguna desmesura. La vida fluye, aparentemente, tranquila. Un hombre nos habla con total sinceridad y sin ningún tipo de alharaca de todo cuanto le rodea, pero siempre con una palabra cálida y sensata en donde la lucidez ha tomado carta de naturaleza: “Llegada cierta edad en que la vida te ha ofrecido el cupo de suerte y oportunidad que te correspondía y, de paso, te ha presentado sus verdaderas credenciales; ahora que, más o menos, conoces tus limitaciones, y eres dueño del secreto para que fructifiquen, ahora, digo, sería el momento de dejarse de tonterías y agarrar la vida y el tiempo con determinación y decir valientemente al respetable “aquí estoy yo”. Convendría evitar los cantos de sirena y las permanentes estrategias del engaño y de los engañadores.”
Pero donde los diarios de Luna Borge alcanzan su cota más alta de sensibilidad y calidad es cuando su autor, invariablemente, llegados algunos días de abril o la primera o segunda quincena de agosto, se traslada a su tierra de Nunca Jamás: Sahagún de Campos, en la provincia de León. Allí el Peter Pan que nunca ha dejado de ser el poeta –y tantos de nosotros- se topa con la vieja casa familiar y con lo que en ella habita: los recuerdos. Los días entonces se llenan de presencias y la memoria y la nostalgia se filtran por los poros de cada minuto: “He venido a Sahagún. Llegué el domingo a mediodía. He venido, más que a nada, a encontrarme con los recuerdos. Esta casa es generosa en ese mundo impalpable e impagable.” Y continúa relatándonos que haciendo limpieza se encuentra con un botín, un pequeño tesoro de cosas antiguas e inútiles que su padre fue acumulando en las caballerizas. Una hermosa lista de objetos ya en desuso, dignos de estar en cualquier museo etnográfico: garios, balancines, horcas de tres dientes, hachones oscuros por el polvo de los años, leguis, adoberas, un complejo aparato segador… Cachivaches de cuya utilidad nos da buena cuenta el poeta en unas minuciosas y ricas explicaciones que, personalmente, me encandilan debido quizá a que por mi ascendencia rural nada de lo que se dice en el texto me es ajeno.
El recuerdo salvador de la niñez se asienta (con fechas de días de abril o de agosto) en ese pueblo castellano de tierras pobres y de barro, situado a la orilla izquierda del Cea por el que transcurre el camino de Santiago. Por esa tierra de palomares hundidos y bodegas subterráneas, Luna Borge persigue incansable al niño agreste que se cuelga boca abajo del manzano que decora el centro del corral, que se baña desnudo en las pilas de agua helada, que descubre el primer ardor adolescente ante la visión de “una maravilla negra y sedosa que temblaba al tacto de sus dedos”, que admira la fortaleza del padre y el delicado silencio de la madre, y siempre lo encuentra, año tras año, escondido en ese mundo de añoranza que tiene su espacio detrás de los cristales de la inmensa galería que da al sur, de cada cosa, de cada mueble que ocupa hoy el mismo lugar que ayer, de cada proyecto de sueño que dejó allí sepultado y que el hombre que es ahora siente que ha traicionado.
Verdad, sensibilidad, magia tristeza es lo que transcurre por estas páginas de Pasos en el agua. La vida se escurre entre las costumbres cotidianas, entre los gestos repetidos que a veces evocan imágenes de antaño, entre los objetos olvidados e inertes, pero capaces de traer a las manos de un hombre el tiempo perdido y generoso del pasado, para fijarlo en su “cuaderno de bitácora” y apuntalarlo en algo más firme que la niebla, el agua o la nieve: en la memoria de lector.
[Veleta de la curiosidad]

José Luna Borge
Llibros del Pexe, Gijón, 2007
Llibros del Pexe, Gijón, 2007
LA HEREDAD DE LA MEMORIA
Bajo el título genérico de Veleta de la curiosidad, el poeta, crítico y ensayista, José Luna Borge, lleva años acompañándonos y deleitándonos con una serie de diarios para, como el propio autor dice: “en solitaria rutina poner en orden acontecimientos y pensamientos que cada día nos asaltan.”
Luna Borge vuelve a ofrecernos ahora otro título, Pasos en el agua, publicado por la editorial gijonesa Llibros del Pexe en una sencilla, cuidada y elegante edición.
Los días por los que transcurre este diario son los de 1996. En las otras dos obras publicadas, Pasos en la nieve y Pasos en la niebla, se recogían los años de 1995 y 1997 respectivamente, con lo que este diario se encontraría en medio de los dos anteriormente citados. Esto no importa mucho. Son los diarios de Luna Borge una suerte de caída libre hacia el pasado y poco nos importan las fechas en donde se reflejan los hechos del ayer, si no los hechos mismos.
José Luna Borge vive envuelto en lo cotidiano. Escribe, lee, escucha música, se encuentra con algún amigo poeta, pasea, anota puntualmente tal o cual reflexión, también algunas observaciones críticas sobre actuaciones con las que no está de acuerdo, asiste a algún acto literario, se afana porque el suplemento cultural que dirige, “La Mirada”, salga puntual y correcto cada semana…Todo ello presentado sin ninguna desmesura. La vida fluye, aparentemente, tranquila. Un hombre nos habla con total sinceridad y sin ningún tipo de alharaca de todo cuanto le rodea, pero siempre con una palabra cálida y sensata en donde la lucidez ha tomado carta de naturaleza: “Llegada cierta edad en que la vida te ha ofrecido el cupo de suerte y oportunidad que te correspondía y, de paso, te ha presentado sus verdaderas credenciales; ahora que, más o menos, conoces tus limitaciones, y eres dueño del secreto para que fructifiquen, ahora, digo, sería el momento de dejarse de tonterías y agarrar la vida y el tiempo con determinación y decir valientemente al respetable “aquí estoy yo”. Convendría evitar los cantos de sirena y las permanentes estrategias del engaño y de los engañadores.”
Pero donde los diarios de Luna Borge alcanzan su cota más alta de sensibilidad y calidad es cuando su autor, invariablemente, llegados algunos días de abril o la primera o segunda quincena de agosto, se traslada a su tierra de Nunca Jamás: Sahagún de Campos, en la provincia de León. Allí el Peter Pan que nunca ha dejado de ser el poeta –y tantos de nosotros- se topa con la vieja casa familiar y con lo que en ella habita: los recuerdos. Los días entonces se llenan de presencias y la memoria y la nostalgia se filtran por los poros de cada minuto: “He venido a Sahagún. Llegué el domingo a mediodía. He venido, más que a nada, a encontrarme con los recuerdos. Esta casa es generosa en ese mundo impalpable e impagable.” Y continúa relatándonos que haciendo limpieza se encuentra con un botín, un pequeño tesoro de cosas antiguas e inútiles que su padre fue acumulando en las caballerizas. Una hermosa lista de objetos ya en desuso, dignos de estar en cualquier museo etnográfico: garios, balancines, horcas de tres dientes, hachones oscuros por el polvo de los años, leguis, adoberas, un complejo aparato segador… Cachivaches de cuya utilidad nos da buena cuenta el poeta en unas minuciosas y ricas explicaciones que, personalmente, me encandilan debido quizá a que por mi ascendencia rural nada de lo que se dice en el texto me es ajeno.
El recuerdo salvador de la niñez se asienta (con fechas de días de abril o de agosto) en ese pueblo castellano de tierras pobres y de barro, situado a la orilla izquierda del Cea por el que transcurre el camino de Santiago. Por esa tierra de palomares hundidos y bodegas subterráneas, Luna Borge persigue incansable al niño agreste que se cuelga boca abajo del manzano que decora el centro del corral, que se baña desnudo en las pilas de agua helada, que descubre el primer ardor adolescente ante la visión de “una maravilla negra y sedosa que temblaba al tacto de sus dedos”, que admira la fortaleza del padre y el delicado silencio de la madre, y siempre lo encuentra, año tras año, escondido en ese mundo de añoranza que tiene su espacio detrás de los cristales de la inmensa galería que da al sur, de cada cosa, de cada mueble que ocupa hoy el mismo lugar que ayer, de cada proyecto de sueño que dejó allí sepultado y que el hombre que es ahora siente que ha traicionado.
Verdad, sensibilidad, magia tristeza es lo que transcurre por estas páginas de Pasos en el agua. La vida se escurre entre las costumbres cotidianas, entre los gestos repetidos que a veces evocan imágenes de antaño, entre los objetos olvidados e inertes, pero capaces de traer a las manos de un hombre el tiempo perdido y generoso del pasado, para fijarlo en su “cuaderno de bitácora” y apuntalarlo en algo más firme que la niebla, el agua o la nieve: en la memoria de lector.
© Herme G. Donis
Música para sueños
José Cereijo
Ed. Pre-Textos, 2007
Ed. Pre-Textos, 2007
Dentro de la poesía hay una corriente de corte contemplativo, de la que tal vez el mejor representante español del último siglo sea Luis Cernuda, que trata de ilustrar o de aprehender el instante como representación de una vida o del sentido de una vida. José Cereijo, (Redondela, 1957) es un poeta que ostenta actualmente como pocos esa visión lírica heredada de los clásicos y difundida (no siempre por derroteros afortunados) por algunos poetas clasicistas o si se prefiere culturalistas en los años setenta y ochenta del pasado siglo.
Sin embargo a diferencia de muchos de estos últimos poetas, la vocación de José Cereijo, sin renunciar a los motivos y epígrafes clásicos, proviene de una estirpe más filosófica, incluso más romántica, entendido esto último como la meditación emocional que alude a Cernuda. Podríamos decir también que tiene cierto regusto machadiano, y que trata en carne propia aunque distanciada (es recurrente el uso de la segunda persona del singular para referirse al devenir del propio poeta) situaciones o evocaciones singulares y profundas en su determinación del mundo y de la existencia.
Música para sueños (que hace el quinto poemario publicado por Cereijo) escande la poesía en versos sin sorpresas y sin estridencias: endecasílabos y heptasílabos intachables para derramar esa melancolía, la visión de lo que se va recorriendo o de lo que supone un instante de plenitud o de duda. Entreverados en los poemas se vislumbran recuerdos de amores perdidos, de admoniciones luminosas, de pre-visiones de la muerte y de lo perecedero, todo ello cubierto con un brillo de silenciosa serenidad. Es como si el poeta se resignara activamente a la circunstancia de no dejar huella vital alguna, pero al mismo tiempo supiera que el mero hecho de existir holla el universo de manera irreparable, una pisada sobre la arena que acaso se mantiene por toda la eternidad: Hay allí, solamente / un poco de silencio / la ceniza que queda / después de las palabras. Las ensoñaciones del poeta aquí se hacen perplejidad hacia los lugares una y cien veces visitados (Mira el lugar en el que vivo. Nunca / has estado tú aquí / pero yo lo he mirado mil veces con tus ojos) y siempre sorprendentes, siempre esquivos en su misterio luminoso e incomprensible.
A la poderosa evocación de estos poemas se le suma en la poesía de José Cereijo una elegancia diríamos casi oriental que en este caso se corresponde curiosamente con ciertas características mesuradas de su persona, como se comprueba si se tiene la fortuna de conocerle personalmente. Una frugalidad que no tiene que nada que ver con la carencia sino con el desprendimiento, y esto, inusual en estos tiempos de figuraciones y estridencias, se disfruta con no poco regocijo en este sereno y redondo poemario.
© Miguel Ángel Gara