VISIONES
La familia nórdica

José Luis Rey
Madrid, Visor, 2006
Madrid, Visor, 2006
Este libro, que mereció el XVI Premio Jaime Gil de Biedma confirma la trayectoria poética de José Luis Rey (Puente Genil, 1973), que ya nos había dado sobrada muestra de la personalidad de su mundo poético en La luz y la palabra, publicado en esta misma editorial. Sin embargo, al tiempo que da testimonio de una continuidad, este libro supone la exploración de nuevos caminos. La familia nórdica nos ofrece de nuevo una fe (contagiosa) en la palabra poética. Pero ahora la poesía se demora en lo pequeño, en la aparente instrascendencia de una gotera (“Barcarola de la gotera”), de unos zapatos (“Mística de los zapatos nuevos”), de la música escuchada en la calle (“Mística de los músicos callejeros”). Desde un motivo, insignificante en apariencia, estos poemas nos invitan a una transfiguración, que es revelación, que es pasión por el vuelo, como si la función de la poesía fuera elevar el mundo, en su aparente grisura, hacia una verdad más luminosa (y de paso elevarnos a cada uno de nosotros desde un mundo de convenciones y palabras gastadas). Este impulso ascensional, tan importante en el mundo poético de Rey, se ve apoyado por la habilidad rítmica del poeta así como por su capacidad para crear imágenes que, a pesar de su libertad e incluso de su audacia, no son un mero adorno sino que sirven a la arquitectura simbólica del poema.
Como se dice en el poema “Harina”, “Desde luego el misterio no existe para ser explicado./ Más bien para ser hecho [...]”. La palabra sigue siendo, para José Luis Rey, la llave que abre el mundo y que convierte al poeta, no en un mero reproductor de lo que existe, sino en un creador de sentido. El poeta no está solo, sino que sabe que su voz pertenece a una larga herencia, y así lo refleja en el espléndido poema “El niño bueno”, donde se atreve a crear un mito que parece aunar todo el esfuerzo del ser humano por crear el mundo y crearse a sí mismo a través del arte, de la acción, del conocimiento.
En un poeta verdadero (y no hay duda de que Rey lo es), no es infrecuente que los peligros a los que se asoma su escritura provengan del mismo lugar que sus mejores logros. Si tengo que mostrar algún reparo frente a un libro hermoso como La familia nórdica, ello se debe a que tengo la sensación de que en ocasiones la voz lírica nos obliga a alzar el vuelo demasiado pronto. Sé que es una opinión muy discutible, pero creo que la gran poesía nace tanto de la fascinación como de la desconfianza frente al lenguaje. El mito de la poesía como palabra verdadera, transfiguradora de lo real, resulta extraordinariamente vivo en la lírica de Rey, de cuya honestidad artística difícilmente se puede dudar. Sin embargo, en una época como la nuestra tan tendente a la desmitificación, habitar un mito, y no simplemente leerlo, resulta más fácil si el poeta nos deja vislumbrar la sombra de un antimito. La confiaza en la palabra que nos regala La familia nórdica resulta admirable pero, personalmente, en algunos momentos, echo en falta que el cántico (para decirlo con Jorge Guillén) sienta realmente como un adversario el clamor, la amenaza que rodea al canto. Hay que decir, no obstante, que el propio Rey parece ser consciente del peligro de una reconciliación demasiado fácil a través de la palabra y que, en este libro, no todo son presencias luminosas: ahí está por ejemplo la familia nórdica que da título al libro y que parece representar a todo aquello que, en nosotros, es enemigo de la poesía. O también esa muerte, que a pesar de ser asumida serenamente por el poeta, no deja de arrojar una sombra inquietante.
Gilbert Durand, en su libro imprescindible, Las estructuras antropológicas de lo Imaginario, ha mostrado que una de las estrategias más importantes del combate del arte contra el Tiempo destructor ha sido lo que él llama la eufemización de la muerte, por la cual ésta llega a convertirse en aliada. Aunque el mundo imaginario de José Luis Rey está más cerca de Eros que de Thanatos, este pacto simbólico con la muerte deja sentir su peso en no pocos poemas de La familia nórdica. Porque la muerte es una invención de la vida y no al revés, la muerte pierde parte (sólo parte) de su aura amenazadora al ser contemplada como culminación de una vida vivida en plenitud (una actitud en la que probablemente hay ecos de la concepción rilkeana de una muerte propia así como del “dios deseante y deseado” del último Juan Ramón). Así, en el hermoso final de “Harina”, muy cercano a la imaginación de Claudio Rodríguez, la muerte deja de ser una amenaza exterior para convertirse, gracias a la poesía, en una verdad propia: “En el horno del sol, mi tahona terrible,/ toma, llévate un poco, quién sabe si hará falta,/ con qué cariño hicimos este pan,/ la muerte luminosa”.
A pesar del reparo ocasional ya citado (que es quizá, sólo, una discrepancia estética) creo que la de José Luis Rey es una voz necesaria en la actual poesía española. Hemos asistido en los últimos años al intento, por parte de algunos de nuestros poetas, de alejarse de una tradición elegiaca para acercarse a un tono más hímnico. Sin embargo, es difícil cambiar la propia voz sin impostarla: esa apuesta por una palabra más luminosa ha resultado, en ocasiones, forzada. José Luis Rey es un poeta, sin embargo, en el que lo hímnico surge con toda naturalidad, sin imposturas. Se agradece, desde luego, en una tradición tan dada al lamento como la española, una voz cuya afirmación se sabe más poderosa que todas las negaciones. Y esa afirmación es sobre todo la de la propia palabra, de quien sabe que es imprescindible “ decir: aquí estamos,/ el sol me olvidará, pero yo lo habré escrito”.
© José Luis Gómez Toré
Salvoconductos

Alvaro Muñoz Robledano
Ed. La bolsa de pipas
III Premio Cafè Món
Ed. La bolsa de pipas
III Premio Cafè Món
Si se asume que no hay más poesía que la buena poesía, ninguna época ha estado sobrada. En estos momentos, sumergidos como estamos hasta las cejas en la cultura audiovisual, tienta pensar que el desierto de la palabra es aún más árido. Sin embargo, entre los pliegues neobarrocos de tanta información intrascendente, tanta estrella mediática y tanta codicia literaria surgen autores de una dignidad a prueba de bombas (y de controles de seguridad de aeropuertos), herederos de esa vocación baudeleriana de “Ver el mundo, estar en el centro del mundo y permanecer oculto al mundo”. Alvaro Muñoz Robledano (Madrid 1966), el poeta que nos ocupa en esta reseña, es un representante de este modo de entender la literatura y la vida.
Salvoconductos hace el quinto poemario publicado por Muñoz Robledano. En todos los otros aparecían ya las sombras luminosas y las breves eternidades de unos poemas con vocación de apresar las cosas transidas, aquello que ha sido desdibujado por el óxido del tiempo. Sin embargo en este nuevo libro asistirá además, entre el vértigo gamonediano que generan las ascuas de una memoria muy bien surtida, a la evocación de una época palpable en sus hitos cotidianos y sujeta a la mirada piadosa del poeta, un mundo nacido ya incompleto, la realidad No-toda, que postula Zizek, contemplada desde una suerte de solidaria perplejidad.
Porque la poesía de Muñoz Robledano tiene algo de aterido, de expuesto, con la tendencia a la violenta melancolía de los trenes, de los hoteles de paso, de los corderos desollados “Lo que pueda olvidar cabe en este cigarro”. El poeta se descubre a menudo en el subjuntivo y, más veces de las que tal vez él mismo querría, al otro lado del espejo, alejado de una felicidad que no atesora, tal vez porque sospecha que lo que se posee se destruye con más rapidez, y eso incluye lo más querido “…como la mano / lejos del mar. Lejos de la otra mano”. Saint-John Perse, José María Alvarez, acaso Pessoa, Alvarez Ortega, Kavafis, Juan de la Cruz como influencias ineludibles. Versos deletéreos que se consuman como hojas en el otoño de cada poema, ritmos que tienden al metro clásico y a menudo al versículo, por otra parte apropiado aquí para escandir elocuentes elipsis y duraderas brevedades.
Y por si lo han pensado no es casualidad el título: Salvoconductos, plural que a la vez da nombre a uno de los poemas con la cita de una frase de Peter Lorre en la película Casablanca: “¿Sabes que es esto? Algo que tú nunca has visto: salvoconductos.” y es que el cine, esa otra memoria, más real a veces que la memoria de la vida con su poder para vivir tragedias en otros y ser de algún modo otros, está presente aquí. Poesía real. Un poeta real, y no es poco.
© Miguel Ángel Gara