VISIONES
EL CANTAR DE LA LUZ

FRAGMENTOS DE UN CANTAR DE GESTA
José Luis Gómez Toré
Pre-Textos, Valencia, 2007
Pre-Textos, Valencia, 2007
Fragmentos de un cantar de Gesta, es el último poemario de José Luis Gómez Toré (Madrid, 1973), título que nos lleva de inmediato al lugar del misterio, porque todo lo fragmentario indica la imposibilidad de desvelar el secreto del canto total: el fragmento se presenta siempre como parte de un todo que nunca abarcaremos.
La única posibilidad de una épica hoy es desde lo fragmentario, no tenemos más “reinos” que conquistar que nuestra propia vida, y es ésta una gesta nada desdeñable, la verdadera gesta, a través de la que llegamos poco a poco al conocimiento, también parcial, también fragmentario. Parte de la magia que encierra el poema estriba en su condición de fragmento, es la mirada del poeta sobre el tiempo. Y así también el tiempo acontece fragmentario en el poema: “Son fragmentos / y la piedad del aire / hace gesta la luz. (…) Son heridas, son sílabas, son nombres / es olor de cantueso y transparencia”
Gómez Toré entiende la vida como gesta, y dentro de ella, el amor y la muerte son protagonistas que se contaminan: “Porque sé que la hazaña del guerrero / fue llorar su victoria, / persigo por tu piel fragmentos / de la luz o la herida.” El poeta es el nómada que atraviesa las estaciones, el nómada que funda, que se detiene, y vuelve a avanzar, el nómada que encuentra el regreso en el amor y en la muerte. “No hay regreso sino este regresar, esta pasión de nómada / aprendida en la épica mínima del cuerpo.”
Y un nómada es capaz de leer en la tierra, leer en las bestias y en los pájaros, leer en el cuerpo del ser amado. Mira intentando entender, ver más allá.
José Luis Gómez Toré sigue llegando al fondo de la escritura, haciendo del poema un lugar habitable -como diría Joan Margarit “una casa de misericordia”- donde podemos refugiarnos, donde acontece la belleza, donde las palabras permiten el misterio, la emoción. Aquí nada es banal, nada chirría intentando brillar, porque el verdadero poeta no necesita gritar para que su voz nos alcance. Se detiene a mirar. Y como escribió en su anterior poemario Se oyen pájaros, “toda mirada funda un reino”.
Estamos ante una poesía de la claridad, en la que Gómez Toré consigue que las palabras vibren, que generen resonancias, poesía que no oculta el lugar del amor ni el lugar de la muerte. Desde la serenidad, un magnífico poemario de luz.
La única posibilidad de una épica hoy es desde lo fragmentario, no tenemos más “reinos” que conquistar que nuestra propia vida, y es ésta una gesta nada desdeñable, la verdadera gesta, a través de la que llegamos poco a poco al conocimiento, también parcial, también fragmentario. Parte de la magia que encierra el poema estriba en su condición de fragmento, es la mirada del poeta sobre el tiempo. Y así también el tiempo acontece fragmentario en el poema: “Son fragmentos / y la piedad del aire / hace gesta la luz. (…) Son heridas, son sílabas, son nombres / es olor de cantueso y transparencia”
Gómez Toré entiende la vida como gesta, y dentro de ella, el amor y la muerte son protagonistas que se contaminan: “Porque sé que la hazaña del guerrero / fue llorar su victoria, / persigo por tu piel fragmentos / de la luz o la herida.” El poeta es el nómada que atraviesa las estaciones, el nómada que funda, que se detiene, y vuelve a avanzar, el nómada que encuentra el regreso en el amor y en la muerte. “No hay regreso sino este regresar, esta pasión de nómada / aprendida en la épica mínima del cuerpo.”
Y un nómada es capaz de leer en la tierra, leer en las bestias y en los pájaros, leer en el cuerpo del ser amado. Mira intentando entender, ver más allá.
José Luis Gómez Toré sigue llegando al fondo de la escritura, haciendo del poema un lugar habitable -como diría Joan Margarit “una casa de misericordia”- donde podemos refugiarnos, donde acontece la belleza, donde las palabras permiten el misterio, la emoción. Aquí nada es banal, nada chirría intentando brillar, porque el verdadero poeta no necesita gritar para que su voz nos alcance. Se detiene a mirar. Y como escribió en su anterior poemario Se oyen pájaros, “toda mirada funda un reino”.
Estamos ante una poesía de la claridad, en la que Gómez Toré consigue que las palabras vibren, que generen resonancias, poesía que no oculta el lugar del amor ni el lugar de la muerte. Desde la serenidad, un magnífico poemario de luz.
© Esther Muntañola
Libro de Jaikus

Jack Kerouac
Bartleby Ed.
Bartleby Ed.
De Kerouac se tiene a veces la sensación errónea de que se sabe todo o casi todo, tal vez porque se trata de un escritor (como Bukowsky, como Carver) que en los últimos decenios ha sido tan citado, tan copiado, tan saqueado a causa de la aparente “facilidad” de su literatura, que parece que de él sólo quedaran tópicos. Sin embargo, si se apartan con cuidado las costras de prejuicios acumulados a causa de tanto epígono y tanto entusiasta, surge un escritor más que notable, con una calidad literaria fuera de lo común.
Es el caso de esta recopilación de Haikus de Jack Kerouac, traducida y prologada por el poeta asturiano Marcos Canteli, y que parte del “Book of Haikus”; una selección a cargo de Regina Winrich de poemas del escritor de Massachussets, algunos de ellos preparados para un futuro libro que nunca llegó a ver la luz en vida del autor, otros publicados o anotados en diversas carpetas, cuadernos, revistas. La aproximación de Kerouac al Haiku, dista mucho de ser frívola, él mismo era un nada desdeñable conocedor del budismo zen y de sus representaciones artísticas. Los árboles representan / su teatro Noh / retumban, braman. El Haiku es, como todo el mundo sabe, una composición generalmente sin rima, de tres versos con 5-7-5 sílabas, derivada del poema tanka, y ligado con la naturaleza a través de una de las estaciones del año. Kerouac flexibiliza este formato para aproximarlo más o mejor a la incipiente poética norteamericana que representaba su visión de la literatura, con ritmos cercanos a la música jazz o incluso al action painting como acertadamente sugiere Canteli en su prólogo.
En la génesis de los haikus de Kerouac, la faceta del poeta como Bodhisatva (el Despierto) es esencial. Kerouac llega a denominar “pops” (palabra mantenida sin traducir en este libro) precisamente a ese tipo de haikus heterodoxos, donde se intenta llegar al estado en el que el poema aparentemente surge sin forzarse, por sí mismo, acompañado de su instante de iluminación. Y lo consigue: Esa brisa soleada / me llegará / ahora o Cae la niebla / flores moradas / crecen o Conté un chiste / bajo las estrellas / nadie se rió. Se trata del tema tan caro en la imaginería oriental de la eternidad condensada en el instante de caída, que el poeta exprime como un limón en cada una de sus pequeñas composiciones. A pesar de la abundante cantidad de haikus de la recopilación y que muchos son inevitablemente variaciones de otros, Kerouac consigue en la gran mayoría de ellos respetar la tradición sin ser necesariamente fiel al formato. Y, (al cabo es lo que nos importa) logra su propósito de concentrar el momento poético expresando todo con las proteicas omisiones características de la poesía oriental. Si se suma este afán a la gigantesca búsqueda de espacios que caracterizó su vida, es tal la calidad del resultado que estos minúsculos poemas de Kerouac se convierten en inmensos descubrimientos. Un libro estupendo que, eso sí, esperemos no contribuya a incrementar el número de los que creen que el haiku es un poema fácil. Jaiku, jaiku / aún lleva una venda / en el ojo herido.
Es el caso de esta recopilación de Haikus de Jack Kerouac, traducida y prologada por el poeta asturiano Marcos Canteli, y que parte del “Book of Haikus”; una selección a cargo de Regina Winrich de poemas del escritor de Massachussets, algunos de ellos preparados para un futuro libro que nunca llegó a ver la luz en vida del autor, otros publicados o anotados en diversas carpetas, cuadernos, revistas. La aproximación de Kerouac al Haiku, dista mucho de ser frívola, él mismo era un nada desdeñable conocedor del budismo zen y de sus representaciones artísticas. Los árboles representan / su teatro Noh / retumban, braman. El Haiku es, como todo el mundo sabe, una composición generalmente sin rima, de tres versos con 5-7-5 sílabas, derivada del poema tanka, y ligado con la naturaleza a través de una de las estaciones del año. Kerouac flexibiliza este formato para aproximarlo más o mejor a la incipiente poética norteamericana que representaba su visión de la literatura, con ritmos cercanos a la música jazz o incluso al action painting como acertadamente sugiere Canteli en su prólogo.
En la génesis de los haikus de Kerouac, la faceta del poeta como Bodhisatva (el Despierto) es esencial. Kerouac llega a denominar “pops” (palabra mantenida sin traducir en este libro) precisamente a ese tipo de haikus heterodoxos, donde se intenta llegar al estado en el que el poema aparentemente surge sin forzarse, por sí mismo, acompañado de su instante de iluminación. Y lo consigue: Esa brisa soleada / me llegará / ahora o Cae la niebla / flores moradas / crecen o Conté un chiste / bajo las estrellas / nadie se rió. Se trata del tema tan caro en la imaginería oriental de la eternidad condensada en el instante de caída, que el poeta exprime como un limón en cada una de sus pequeñas composiciones. A pesar de la abundante cantidad de haikus de la recopilación y que muchos son inevitablemente variaciones de otros, Kerouac consigue en la gran mayoría de ellos respetar la tradición sin ser necesariamente fiel al formato. Y, (al cabo es lo que nos importa) logra su propósito de concentrar el momento poético expresando todo con las proteicas omisiones características de la poesía oriental. Si se suma este afán a la gigantesca búsqueda de espacios que caracterizó su vida, es tal la calidad del resultado que estos minúsculos poemas de Kerouac se convierten en inmensos descubrimientos. Un libro estupendo que, eso sí, esperemos no contribuya a incrementar el número de los que creen que el haiku es un poema fácil. Jaiku, jaiku / aún lleva una venda / en el ojo herido.
© Miguel Ángel Gara