VISIONES
Enrique Falcón
Ed. Baile del sol
Ed. Baile del sol
Como nos señala el propio Enrique Falcón (Valencia, 1968) en las páginas finales de este libro, Taberna roja forma parte de una trilogía que inició Amonal (2005) y que debe cerrar un libro todavía inédito llamado Porción del enemigo. Junto a los poemas, el autor nos regala un epílogo ("El amor, la ira") en el que, a modo de aforismos, va desgranando sus reflexiones acerca de la poesía política así como del contexto social en el que se inscribe su propia actividad creadora (de modo semejante, su reciente antología Para un tiempo herido se completaba con el breve ensayo "Cuatro tesis de mayo"). Quien conozca la obra anterior de Enrique Falcón no se sorprenderá de la importancia que éste otorga a estos textos complementarios, entre los que habría que incluir también las notas que aclaran las alusiones a hechos y personajes concretos que aparecen repetidamente en sus poemas. Para Falcón, no existe contradicción entre escribir una poesía de fuerte carga simbólica, en la que no está ausente la imagen irracionalista, con la reflexión más o menos directa sobre el oficio de escritor (si bien no pocos de sus aforismos se acercan a la intensidad de la escritura lírica). Frente a quienes oponen sentimiento y pensamiento, cuerpo y espíritu, individuo y sociedad, imaginación y realidad... prosa y poesía, su escritura persigue la transgresión constante de los límites que imponen los discursos normalizados. Así señala en "El amor, la ira": "Mística y sociología: un buen poema político no tendría por qué renunciar al abrazo de esas dos hermanas".
Los títulos de las diversas secciones que conforman el poemario ("Taberna roja", "Tres maneras médicas", "Codeína", "Díptico tras el campo de refugiados" y "El terror blanco") ya nos dejan entrever que la poesía de Falcón sigue escribiéndose desde el mismo lugar en el que nacieron libros emblemáticos como La marcha de 150.000.000. El poeta se niega a fingir un espacio neutral para su escritura: como en el poema "Hoja de conquistas", el yo poético sabe a quienes llama "mis camaradas" y sabe también del lado de quién está cuando la historia reparte los papeles entre verdugos y víctimas, entre vencedores y vencidos. No hay, sin embargo, frente a buena parte de la poesía social del pasado (y en ello coincide con otro poeta crítico actual como Jorge Riechmann) un deseo de convertirse en voz de los sin voz. El poeta mira y habla de los otros pero no habla en nombre de esos otros. El yo poético se identifica con un nosotros pero sin pretender hipócritamente que ha borrado su individualidad, sus perplejidades y sus incertidumbres, y sin querer tampoco erigirse en un portavoz ni en un líder moral o político (ello no deja de responder a un nuevo contexto sociológico: buena parte de los nuevos movimientos sociales críticos con el capitalismo o directamente anticapitalistas, etiquetados con el confuso nombre de "movimiento antiglobalización", son movimientos asambleístas que han mostrado una vez tras otra su rechazo a la creación de nuevas vanguardias políticas y su apuesta decidida por la pluralidad ideológica y las estructuras horizontales de decisión). "No deberíamos suplantar a los heridos", señala en el epílogo, y también: "Nuestra voz es nuestra voz. Si no, no hay esperanza".
Y quien sólo vea una falsa ilusión en la palabra "esperanza" difícilmente entenderá la poesía de Falcón. Se trata, no obstante, de una esperanza paradójicamente desesperada, que no ignora cuanto a su alrededor parece negarla. Su pasión por la esperanza (y aquí el vocablo mantiene el fuerte sentido crítico y utópico que le dio Ernst Bloch) no suena nunca impostada porque nace de una mirada nada complaciente con una historia contada siempre por los vencedores. Si la propia imaginación poética crea el espacio de otros lenguajes, la imaginación creadora de la acción colectiva crea otras posibles historias, rompe (como quería Walter Benjamin) esa linealidad de una historia que pretende desconocer el nombre de sus víctimas. De ahí que no resulte descabellada la fusión que propone el poeta entre sociología y mística: sociología para mirar con ojos bien abiertos una realidad a menudo insoportable; mística (en un sentido no reducible únicamente a lo religioso) para ver más allá de lo real lo posible, que es tal vez lo que los lenguajes del poder llaman lo imposible. Para abrir el camino a la potencialidad inscrita en lo real la poesía puede ser una aliada inesperada: "Y escarbo en las costillas de la bestia/ besando lo imposible que habita en vuestra sangre". En los poemas de Taberna roja, la desesperanza parece ganar terreno una y otra vez a la esperanza y es que Falcón no es un optimista ingenuo (el único optimismo que se permite parece ser el optimismo de la voluntad del que hablaba Gramsci). Sin embargo, lo posible alienta en lo real como una promesa, como el sueño de otra historia.
Si la voluntad de sostener o inventar a cada paso la esperanza a pesar de todo es un elemento central en la escritura de Falcón, no menos lo es la importancia del cuerpo. Sorprende la frecuencia de términos relacionados con el cuerpo y las numerosas metáforas e imágenes, a menudo muy audaces, que toman como referencia nuestra corporalidad: "exponiendo su torso vacío por ser una cadera" ("Pasión de Juan en Ayacucho"), "coseré la boca/ de mi propia canción" ("Petición de poema"), "con una serpiente de arena oscilando los pulmones" ("Segunda inyección")... Así, el bello poema "Moltmann 1964" es a la vez un poema político y un poema de amor en el que el cuerpo de la mujer amada es el espacio de esperanza donde se abre un futuro más luminoso y más fraterno: "...abres el futuro/ y recoges sus víctimas para ya no olvidarlas/ reventando mis llagas en las llagas del mundo". Esta presencia del cuerpo, que no es sólo un tema sino (insisto en ello) una constante fuente de imágenes poéticas, tiene que ver con ese deseo de ruptura de los falsos límites entre cuerpo y espíritu al que ya hemos hecho referencia: Enrique Falcón parece convencido de que hay que ser materialista para devolver la posibilidad del espíritu a un mundo demasiado frío. No habría tampoco que minusvalorar la más que probable influencia de un imaginario cristiano tantas veces sepultado por la propia ortodoxia así como por las tradiciones ascéticas, que tienden al desprecio del cuerpo. Precisamente por su origen semita, en el cristianismo existe también otra tendencia, a menudo olvidada, que vincula cuerpo y espíritu (de ahí la creencia cristiana, escandalosa para los platonismos de toda laya, en la resurrección de la carne y de ahí también esa poderosa carnalidad de la experiencia mística, que subrayó Valente, en figuras como Teresa de Jesús o Juan de la Cruz). Pero más allá de la presencia de un imaginario religioso, nombrar el cuerpo supone cuestionar la cultura actual, que esconde, tras el aparente culto al cuerpo y la apoteosis de los cuerpos gloriosos y virtuales de la publicidad, un olvido de la humilde materia de la que estamos hechos: de esa carne que se sabe en el abrazo y en el placer pero también en el hambre, en la enfermedad, en la tortura, en la explotación que reduce el ser humano a fuerza de trabajo. A diferencia de esos "poetas honestos de todo el país", satirizados en "España y poesía, viejita y regañada", Enrique Falcón no quiere olvidar que "Existe la injusticia,/ su sal en el aullido/ sin más temblor que la esperanza".
José Luis Gómez Toré

Los títulos de las diversas secciones que conforman el poemario ("Taberna roja", "Tres maneras médicas", "Codeína", "Díptico tras el campo de refugiados" y "El terror blanco") ya nos dejan entrever que la poesía de Falcón sigue escribiéndose desde el mismo lugar en el que nacieron libros emblemáticos como La marcha de 150.000.000. El poeta se niega a fingir un espacio neutral para su escritura: como en el poema "Hoja de conquistas", el yo poético sabe a quienes llama "mis camaradas" y sabe también del lado de quién está cuando la historia reparte los papeles entre verdugos y víctimas, entre vencedores y vencidos. No hay, sin embargo, frente a buena parte de la poesía social del pasado (y en ello coincide con otro poeta crítico actual como Jorge Riechmann) un deseo de convertirse en voz de los sin voz. El poeta mira y habla de los otros pero no habla en nombre de esos otros. El yo poético se identifica con un nosotros pero sin pretender hipócritamente que ha borrado su individualidad, sus perplejidades y sus incertidumbres, y sin querer tampoco erigirse en un portavoz ni en un líder moral o político (ello no deja de responder a un nuevo contexto sociológico: buena parte de los nuevos movimientos sociales críticos con el capitalismo o directamente anticapitalistas, etiquetados con el confuso nombre de "movimiento antiglobalización", son movimientos asambleístas que han mostrado una vez tras otra su rechazo a la creación de nuevas vanguardias políticas y su apuesta decidida por la pluralidad ideológica y las estructuras horizontales de decisión). "No deberíamos suplantar a los heridos", señala en el epílogo, y también: "Nuestra voz es nuestra voz. Si no, no hay esperanza".
Y quien sólo vea una falsa ilusión en la palabra "esperanza" difícilmente entenderá la poesía de Falcón. Se trata, no obstante, de una esperanza paradójicamente desesperada, que no ignora cuanto a su alrededor parece negarla. Su pasión por la esperanza (y aquí el vocablo mantiene el fuerte sentido crítico y utópico que le dio Ernst Bloch) no suena nunca impostada porque nace de una mirada nada complaciente con una historia contada siempre por los vencedores. Si la propia imaginación poética crea el espacio de otros lenguajes, la imaginación creadora de la acción colectiva crea otras posibles historias, rompe (como quería Walter Benjamin) esa linealidad de una historia que pretende desconocer el nombre de sus víctimas. De ahí que no resulte descabellada la fusión que propone el poeta entre sociología y mística: sociología para mirar con ojos bien abiertos una realidad a menudo insoportable; mística (en un sentido no reducible únicamente a lo religioso) para ver más allá de lo real lo posible, que es tal vez lo que los lenguajes del poder llaman lo imposible. Para abrir el camino a la potencialidad inscrita en lo real la poesía puede ser una aliada inesperada: "Y escarbo en las costillas de la bestia/ besando lo imposible que habita en vuestra sangre". En los poemas de Taberna roja, la desesperanza parece ganar terreno una y otra vez a la esperanza y es que Falcón no es un optimista ingenuo (el único optimismo que se permite parece ser el optimismo de la voluntad del que hablaba Gramsci). Sin embargo, lo posible alienta en lo real como una promesa, como el sueño de otra historia.
Si la voluntad de sostener o inventar a cada paso la esperanza a pesar de todo es un elemento central en la escritura de Falcón, no menos lo es la importancia del cuerpo. Sorprende la frecuencia de términos relacionados con el cuerpo y las numerosas metáforas e imágenes, a menudo muy audaces, que toman como referencia nuestra corporalidad: "exponiendo su torso vacío por ser una cadera" ("Pasión de Juan en Ayacucho"), "coseré la boca/ de mi propia canción" ("Petición de poema"), "con una serpiente de arena oscilando los pulmones" ("Segunda inyección")... Así, el bello poema "Moltmann 1964" es a la vez un poema político y un poema de amor en el que el cuerpo de la mujer amada es el espacio de esperanza donde se abre un futuro más luminoso y más fraterno: "...abres el futuro/ y recoges sus víctimas para ya no olvidarlas/ reventando mis llagas en las llagas del mundo". Esta presencia del cuerpo, que no es sólo un tema sino (insisto en ello) una constante fuente de imágenes poéticas, tiene que ver con ese deseo de ruptura de los falsos límites entre cuerpo y espíritu al que ya hemos hecho referencia: Enrique Falcón parece convencido de que hay que ser materialista para devolver la posibilidad del espíritu a un mundo demasiado frío. No habría tampoco que minusvalorar la más que probable influencia de un imaginario cristiano tantas veces sepultado por la propia ortodoxia así como por las tradiciones ascéticas, que tienden al desprecio del cuerpo. Precisamente por su origen semita, en el cristianismo existe también otra tendencia, a menudo olvidada, que vincula cuerpo y espíritu (de ahí la creencia cristiana, escandalosa para los platonismos de toda laya, en la resurrección de la carne y de ahí también esa poderosa carnalidad de la experiencia mística, que subrayó Valente, en figuras como Teresa de Jesús o Juan de la Cruz). Pero más allá de la presencia de un imaginario religioso, nombrar el cuerpo supone cuestionar la cultura actual, que esconde, tras el aparente culto al cuerpo y la apoteosis de los cuerpos gloriosos y virtuales de la publicidad, un olvido de la humilde materia de la que estamos hechos: de esa carne que se sabe en el abrazo y en el placer pero también en el hambre, en la enfermedad, en la tortura, en la explotación que reduce el ser humano a fuerza de trabajo. A diferencia de esos "poetas honestos de todo el país", satirizados en "España y poesía, viejita y regañada", Enrique Falcón no quiere olvidar que "Existe la injusticia,/ su sal en el aullido/ sin más temblor que la esperanza".
José Luis Gómez Toré
Viaje a la mansedumbre.

Juan José Rodríguez
Premio Internacional de Poesía joven La Garúa 2007
Editorial La garúa
“Durante la composición de la Tierra baldía en 1921-1922 T.S. Eliot llevaba siempre un ejemplar de la Divina Comedia de Dante pues veía en él (como nos recuerda Viorica Patea en la introducción crítica del poeta anglo-norteamericano para Cátedra, Letras Universales) al representante de una “sensibilidad unificada”, en la que el pensamiento conservaba aún la coherencia primordial entre la percepción sensorial y la intuición intelectiva. Esta “sensibilidad unificada”, simbiosis entre la razón y la emoción, necesidad de encontrar un criterio de verdad por encima de la limitada realidad del ego, constituyó a lo largo de toda su vida la espina dorsal de su quehacer literario. Intentando buscar analogías en el cuerpo de la poesía en castellano, nos encontramos que, en buena medida, tanto la tradición latinoamericana (por ejemplo, el grupo de Los Contemporáneos mexicanos) como la poética española moderna (desde Unamuno y su "Siente el pensamiento, piensa el sentimiento", pasando por las vanguardias de los años treinta hasta, incluso, lo que se ha denominado por algunos teóricos como poesía del silencio), la necesidad de unificar en el seno de la palabra poética estos dos hemisferios ha sido un desafío al que no terminan de renunciar por suerte ninguna de las distintas promociones artísticas. Juan José Rodríguez (Ambato, Ecuador, 1979) constituye un sólido representante de esta misma obsesión. Con el Viaje a la mansedumbre descubrimos un poemario cimentado precisamente en los dos pilares que Eliot anhelaba para la poesía, es decir, la percepción sensorial y la intuición intelectiva. Este libro arpegia una inquietante arquitectura metafórica cuyos basamentos se enraízan en la tierra de los sentidos (vista, oído), la presencia de la luz y la oscuridad, y en el binomio siempre sugerente de naturaleza y silencio. Nos hallamos, pues, ante una poética abrazada al símbolo y alejada de cualquier veleidad figurativa y/o realista: Dese su fondo vuelve un mirlo hacia mi rostro, / portando el anuncio de otro mundo: / el aroma de un viejo eucalipto, / ya tan sólo visible / cuando abro los ojos y no hay profecía / más larga que la pradera oscura. En cada una de las estancias del poemario, la voz de Juan José Rodríguez parece acendrarse en un ejercicio de despojamiento cuyos asideros son el murmullo, la intuición, la imagen evanescente. No cabe duda que la gran fortaleza de este poeta radica en su capacidad de evocación y sugerencia a través de una dicción simbolista, mesurada, siempre atenta al ritmo y al susurro. Pero diríamos muy poco si nos quedáramos tan sólo con este envés puramente estético. Viaje a la mansedumbre es también una indagación cuyo objetivo pretende la aprehensión de la materia a través de su fragilidad, su contradicción y su precariedad. Cuando Eliot postulaba la necesidad de volver a unificar la sensibilidad, lo que escondía debajo era un deseo por reintegrar en el pensamiento occidental (heredero del racionalismo cartesiano) todo aquello que esa misma racionalidad había expulsado a las catacumbas de la irracionalidad. Pues bien, Juan José Rodríguez emprende una senda similar, de modo que muchos de los poemas recogidos en este libro se comportan como diminutos tratados de captura intelectiva de la realidad, pero sin renunciar a la emoción ni a las laderas ideacionales de nuestra subjetividad: Exactamente en un cuaderno blanco / dejo palabras y palabras / que no dicen / por intentar coger, lápiz o tinta, / la luna con su música. Aquí radica, a mi juicio, una de las mayores potencias del libro, la mixtura entre su temperatura metafórica y su sentido alusivo, en un ejercicio de contrafuertes que se retroalimentan. Esto permite al texto mantener en sus cinco secciones (Estación de la noche, En voz de la mandrágora, Por la imagen salvada, Ensayo de realidad y Alusiones al tiempo) un buen acoplamiento estructural, en cuyo seno se comparte una misma historia de influencias e interacciones mutuas, componiendo una voz homogénea y coherente. Ahora bien, es posible que uno de los riesgos del libro (al menos, para aquellos lectores más orientados hacia la heterogeneidad y la sorpresa) sea, precisamente, esa monodia que, en ocasiones, puede fatigar. Sin embargo, Viaje a la mansedumbre funciona como un ejemplo conseguido de poesía meditativa, cuyo vuelo imaginativo supera, con mucho, los riesgos que pudieran derivarse de su unicidad. No cabe duda que nos encontramos ante una lectura recomendable e intensa, heredera de la mejor tradición poética ecuatoriana (pensemos en Carlos Eduardo Jaramillo o Jorge Enrique Adoum) que, como apunta Fernando Itúrburu (Guayaquil, 1960), parece buscar un nuevo compromiso literario.
Ernesto García López
Ernesto García López
