Suplemento de poesía de Literaturas.com

VISIONES



Esto no es el silencio.



Ada Salas

Ed. Hiperión


Ada Salas (Cáceres, 1965) se ha convertido en una referencia ineludible de la poesía española de los últimos veinte años más allá de su fácil adscripción a etiquetas tales como "poesía del silencio" (a la que probablemente, como ha señalado ya la crítica, se alude en el título), etiquetas que no dejan de ser cajones de sastre que acaban desdibujando la personalidad de cada trayectoria individual.
Si la labor del crítico resulta siempre arriesgada, más lo es cuando se pretende sumar a este precario y sospechoso oficio el de vidente y se intenta predecir, en el borroso fondo de alguna bola de cristal, la futura trayectoria del autor. Sin embargo, me atrevería a afirmar que Esto no es el silencio es el comienzo nueva etapa en la poesía de Ada Salas, siempre que no entendamos la referencia a distintas etapas con una ruptura frente a lo anterior. Hay en Esto no es el silencio una evidente continuidad con la escritura poética que culmina en el espléndido Lugar de la derrota, pero también la búsqueda de nuevos horizontes.
Un elemento novedoso que podría parecer superficial pero que, en mi opinión, va más allá de lo puramente formal, es el hecho de que, en Esto no es el silencio, la escritora tienda, frente a las formas brevísimas de su anterior libro, a poemas de mayor extensión como si la escritura necesitar ampliar su diálogo con el mundo, huir del ensimismamiento al que naturalmente tiende la voz lírica: "Yo sé que tienes algo que decirme/ mundo. Voy a limpiarlo todo para que todo/ sea/ aún más transparente". La búsqueda de la transparencia, de la luz, de la evidencia material de las cosas, de la presencia de los otros, atraviesa todo el poemario. Sin embargo, el yo poético no puede dejar de constatar la resistencia que ofrece la realidad, como si la sola mirada humana pusiera un velo entre el que contempla y lo contemplado, una distancia dolorosa que es paradójicamente al mismo tiempo cercanía pues la escisión no se da sólo entre el yo y el mundo, sino también en el propio yo. De ese dolor se nutre la poesía de Ada Salas, que afortunadamente se olvida de hacer literatura, y por eso su voz nunca suena impostada. Si bien en ocasiones, en algún poema, se acerca tal vez a un excesivo patetismo, sin embargo ese pathos, las más de las veces vertido en su medida justa, nunca llega a ahogar la capacidad de sugestión de una escritura muy consciente de sí misma.
No es de extrañar que, junto a las frecuentes referencias a la naturaleza (entre las que no falta un peculiar bestiario formado por cocodrilos, flamencos, rinocerontes, tigres, buitres, jabalíes, anguilas, babosas...), abunden las alusiones metapoéticas (eso sí, rara vez explícitas y alejadas de cualquier tipo de alarde culturalista). La pregunta por el propio habitar en el mundo conduce a la pregunta por el sentido de la escritura poética, una pregunta que no encuentra respuestas consoladoras. En este sentido, me parece muy significativa la referencia a Caeiro/Pessoa en uno de los poemas: "Leo a Caeiro y Caeiro me enseña/ de nuevo/ lo que olvido". La referencia literaria (la única explícita en el libro) llama la atención precisamente por lo inesperado, por la distancia que existe entre la escritura antimetafísica y casi antipoética de Caeiro y la poesía de marcado carácter existencial de Ada Salas.
Octavio Paz ha escrito: "Caeiro es todo lo que no es Pessoa y además todo lo que no puede ser ningún poeta moderno: el hombre reconciliado con la Naturaleza" De esa imposibilidad surge precisamente la atracción que el heterónimo del poeta portugués ha despertado en tantos poetas modernos que encuentran en Caeiro (así Ada Salas, si mi interpretación es correcta) un espejo invertido de su propia escritura y el reflejo de un anhelo imposible. Como diría Schiller, el poeta moderno quisiera ser ingenuo pero se ve abocado a ser sentimental (es decir, en la vieja clasificación del poeta alemán, una voz que constata su distancia con el todo, que se sabe fragmento desgajado de la unidad del mundo natural). Se oculta, en muchos de estos poemas, el deseo de que la palabra propia sea como la de Caeiro, pura presencia de las cosas, pero Ada Salas es demasiado honesta consigo misma para engañarse, para no constatar la distancia que crea la conciencia, una fisura que la palabra quisiera cerrar para siempre y que, sin proponérselo, ahonda. De ahí la amarga ironía que aparece de pronto en el poema: " con esta torpe ansia/ de darle forma a un mundo/ que no la necesita".
Estamos ante el viejo problema de la mediación que aparece no sólo en Pessoa, sino también en poetas como Hölderlin o Valente y en críticos como Paul de Man: el verbo que quiere hacer carne, presencia real, y la dolorosa contatatación de que toda epifanía poética acaba revelando la imposibilidad de confundir palabra y mundo. Por ello, no creo que pueda reducirse el título del libro a una irónica distancia frente a etiquetas y clasificaciones académicas. Ada Salas sabe que la palabra poética no se resigna a ser mero intermediario entre la conciencia y el mundo. La poesía tiende naturalmente al silencio como espacio de reconciliación, reconciliación que puede expresarse en el lenguaje de la experiencia mística. Sin embargo, la poeta sabe que esa reconciliación no es definitiva y, a diferencia del místico, percibe la ambiguedad de ese silencio, que puede ser no el de la plenitud de la vida, sino el de la certeza de la muerte. Por ello, la palabra, que nace como un impulso vital, debe pronunciarse pese a todo lo que parece negarla: una palabra que a veces anhela ser silencio, borrarse en la sombra, y otras veces quisiera ser carne, animal visible, y que siempre debe habitar ese lugar fronterizo, esa casa a la intemperie que es la condición humana, entre lo real y el sueño: "Lo no reconocible/ que vive en lo real/ y lo fulmina a veces/ y queda boqueando como un pez en sequía". Nos reconocemos entonces como un animal que sueña ("Pero acaso ésta sea/ -este torpe decir-/ tu manera animal/ es decir/ más humana"), que se sabe más animal precisamente en ese intento de trascender esa animalidad, esa pertenencia a un mundo para el que somos a la vez hijos y extraños.
Esto no es el silencio no sólo muestra una ambición, siempre de agradecer, por parte de su autora, que no ha querido acomodarse y ha sabido ir más allá de los caminos ya ensayados. No estamos frente a un mero intento de renovación formal (de hecho, la escritora apenas se distancia del lenguaje simbólico que aparece en su poesía anterior): hay también un deseo de ir más allá, de cuestionarse la propia mirada sobre el mundo, que hace muy difícil una vuelta atrás. Así, estos poemas, sin dar la espalda a la escritura anterior, ofrecen una nueva hondura y una nueva complejidad a la siempre iluminadora poesía de Ada Salas. Afortunadamente, esto no es el silencio sino la certeza de una voz que nos sigue hablando con palabras necesarias y verdaderas.


José Luis Gómez Toré







Parque de destrucciones.



Rodrigo Galarza

Ed. Amargord




Todo camino existencial recorre un itinerario de pérdidas. De ese principio natural que sugiere un devenir efímero y vulnerable da cuenta Parque de destrucciones, libro de Rodrigo Galarza (Corrientes, Argentina, 1972), poeta, antólogo y director literario del proyecto bibliográfico Amargord.
Desde Baudelaire la ciudad moderna se caracteriza por ser metonimia de lo deshumanizado; su apariencia escénica es la materialización de un entorno decrépito y suburbial que condena a sus moradores a un estado permanente de soledad y hastío. En él consume el yo poemático un presente angosto solapando conflictos. Ese contexto en los poemas de Parque de destrucciones no es un reflejo desdibujado y arquetípico; se concreta en un topónimo, Madrid, con rasgos definitorios que realzan la verosimilitud autobiográfica. La ciudad mesetaria es el punto cero de la ausencia, el lugar donde el protagonista circunvala las aceras de lo cotidiano.
El recorrido adquiere un carácter noctámbulo porque aporta un corpus de imágenes con profundo sustrato negativo. La noche realza un perfil tétrico, tiene la varada fetidez de lo terrible y genera un estar agónico que sólo puede superarse con la conciencia de una soledad colectiva; todos pertenecemos al ejército de los derrotados, al paso gregario de quien se desplaza sin un fin claro.
Vislumbramos una contraelegía de cadencia oracular; las composiciones solemnizan la desesperanza en un discurso fragmentario. El fresco multiforme de la ciudad acoge manchas de colores opacos y acumula escenas de la que da cuenta una mirada nunca complaciente que nos ofrece ángulos del sinsentido.
Ser espectador permite contemplar los espasmos de un sujeto convaleciente. Como en el monólogo calderoniano de Segismundo, el protagonista sospecha una identidad ilusoria, indaga para comprobar su propia verdad y profundiza en un estado febril de rebeldía sobre el azaroso destino. El desamparo carece de explicaciones y en el calendario se suceden las jornadas en el inhóspito recinto de un parque de destrucciones.
Pero la ciudad es también un espacio de conocimiento, un viaje interior en el que el pensamiento hilvana una reflexión moral que contiene al ser individual y al mundo exterior.
No falta en el poemario el recurso cultural convertido en instrumento analítico de causas y efectos, el ahora se contrapone al bagaje de la memoria que insiste en un tiempo anterior definido por la ternura. Otra vez la infancia como tiempo áureo donde florecieron las primeras experiencias y la existencia admitía la celebración.
La poética de Rodrigo Galarza rechaza el tono metaliterario y apenas se permite digresiones estéticas. Más allá de lo anecdótico, su eje gravitatorio es el desarraigo, la condición del nómada que llega a un puerto extraño con la esperanza de que la niebla se despeje en la amanecida.

José Luis Morante







El canto

C.K. Williams


Bartleby Editores



El canto es junto a Reparación uno de los dos libros del poeta norteamericano C. K. Williams que la editorial Bartleby ha editado recientemente. Dos poemarios significativos dentro del panorama norteamericano reciente dado que Reparación obtuvo el premio Pulitzer en el año 2000 y El canto mereció el National Book Award 2003, el equivalente a nuestro Premio nacional de poesía.
La obra de Williams (de ascendientes rusos, a pesar de su apellido) se enmarca en cierta tradición de poesía reflexiva, introspectiva, filosófica incluso, que desde los poetas metafísicos isabelinos vetea muy ricamente la lírica anglosajona hasta nuestros días. En C.K. Williams esta poesía del pensamiento se genera la mayor parte de las veces desde la contemplación, bien de una realidad inmediata en el tempo subjetivo del poema, bien de un recuerdo traído por el poeta desde una anécdota o desde otra reflexión previa. El resultado sin dejar de caer en ocasiones en una cierta tendencia a la moralización resulta similar al del análisis psicoanalítico, es decir: lo Latente detrás de lo Manifiesto revelado en la transferencia autor-lector en virtud de deseos que se manifiestan en ciertos objetos, en ciertas situaciones, en las emociones que generan.
El poemario está estructurado en cuatro secciones, en la primera de ellas es donde más se observa esa propensión de partir de un hecho concreto y desenmarañarlo (o enmarañarlo) poéticamente hasta llegar a la visión o descubrimiento de una belleza que no es a la postre más que palabra construida y leída, La palabra sola sisea como ácido hirviente / gime como plomo fundido. La segunda sección, a mi entender la más lograda del libro, se estructura a través de 14 poemas de 5 pares de versos en una unidad temática cerrada. El poeta utiliza como coartada su niñez (de hecho toda la composición se llama De la niñez oscuridad) para hacernos partícipes de su perplejidad ante el mundo, mostrado, claro está, desde la actualidad del que observa, desde el rol del que recuerda y se aleja del personaje de niño y de la crueldad a su pesar, de la infancia, La memoria de la idea de ti mismo que eras entonces / aquella idea siempre apenas iniciada.
La tercera parte, también unitaria, es un emotivo poema elegiaco a la memoria de un amigo muerto (El artista Bruce McGrew, como se indica en la dedicatoria) cuyo relato parte de meses antes de la muerte del artista, hasta, deteniéndose en el Lamento (el día después) y en el Contigo (meses después), cerrar el cuadro con el Aún (un año después) y la certidumbre de que lo que queda del amigo, es precisamente su existencia pretérita, el todo pasa, todo regresa, expresado en la memoria, en el pasado que nos demuestra la existencia del presente para eludir la desaparición, En vez de eso queda / saber que al menos / te tuvimos durante algún tiempo...
Por fin, la última y excelente sección del libro comienza con el poema Guerra y es un intento de consignar los acontecimientos bélicos de la última época en Estados Unidos, y los antecedentes de miedo y caos (precisamente los títulos de los poemas siguientes) que los preceden. Se observa aquí la preocupación de Williams por el tiempo en el que vive y por su reflejo en los mitos que predicen la realidad. Esto es patente por ejemplo en el poema En el bosque, donde el poeta (o el poema, más bien) lee un libro sobre la tiranía, la opresión, el desatino político, la corrupción..., y los traslada a su actualidad, a sus circunstancias, hasta dar cuenta con la lucidez que caracteriza todo el libro que ...la infeliz página se vuelve y nos / quedamos escuchando y escuchando.­


Miguel Angel Gara