VISIONES
Poesía escogida 1960-2005 (Edición bilingüe y traducción de Luz Gómez García)

Mahmud Darwix
Ed. Pre-Textos
Ed. Pre-Textos
Mahmud Darwix (Birwa, Palestina, 1941) es, probablemente, con Adonis, uno de los más destacados poetas actuales en lengua árabe. Es la suya una escritura que se interroga constantemente a sí misma, para la que no caben etiquetas apresuradas. Y la primera etiqueta de la que tenemos que desprendernos, al emprender su lectura, es la de "poeta palestino", no porque la obra de Darwix deje de estar incardinada en la historia y en el sufrimiento de su pueblo (valga como ejemplo el libro Estado de sitio, del cual esta antología nos ofrece una buena muestra), sino porque Darwix ha comprendido que un poeta moderno no puede pretender encarnar sin más la voz del pueblo. Toda toma de conciencia implica un diálogo que haga justicia a las víctimas pero que no pretenda suplantarlas. Quien se erige en portavoz del otro añade a la violencia que ya sufre otra violencia más insidiosa, la que pretende reducir las palabras plurales de la multitud a un monólogo que se imponga por la sola fuerza de su capacidad de persuasión retórica. El poeta que habla en estos versos no ignora a sus enemigos, pero sabe que hay una identidad común que desafía toda oposición pensada en categorías inamovibles: "Vosotros, los apostados en el umbral de las casas,/ largaos de nuestras mañanas,/ necesitamos creernos/ seres humanos como vosotros". La violencia se apodera de tal modo de la realidad que no cabe ignorar sus huellas aunque se crea en la dignidad de la lucha: "El dolor:/ que la señora de la casa no tienda la colada/ por la mañana, que se conforme con lavar esta bandera".
Hablar de diálogo nos proporciona una clave importante para entender la poesía de Darwix, no sólo por el recurso a formas dialogadas en poemas como Contrapunto (que evoca la figura del también palestino Edward Said), sino porque, al escribirse, el yo reconoce su propia insuficiencia. Y el yo es insuficiente, entre otras cosas, porque no hay conciencia del yo que no sea al mismo tiempo conciencia de un tú, hipotético o real. Y viceversa: "En cada "tú" hay un yo,/ yo soy el tú interpelado, no cabe exilio/ si yo te soy. No cabe exilio/ si tú me eres". La identidad personal y colectiva es una inquietud constante ("Y tengo dos lenguas/ pero he olvidado con cúal sueño"). Dicha inquietud nace, al menos, de una doble perplejidad, la perplejidad ante la propia historia del pueblo palestino y la perplejidad de la propia escritura que, aun cuando se nutre de la propia biografía, no puede evitar hablar desde un yo fantasmal. Un yo que, sin embargo, se reencuentra consigo mismo (aunque sólo sea provisionalmente) en la memoria, en la compañía de los seres y las cosas que tejen la urdimbre cotidiana: "Doy, como una ventana, a lo más mío".
Uno de los aspectos más destacados de la escritura de Darwix es el interés por la composición que se hace más evidente en el gusto que muestra el poeta por el poema de cierta extensión (algo a lo que no es ajena la tradición poética árabe). Si todo poema logrado no puede concebirse sino como una totalidad, la manera que Darwix tiene de dar forma a esa totalidad resulta rara vez transparente: destaca en él una composición cuidada pero a la vez muy compleja, que convierte la coexistencia de materiales en apariencia heterogéneos y el fragmentarismo en paradójicos componentes de la unidad del texto (una técnica de composición que resulta muy moderna pero que, a la vez, entronca con la casida de la poesía clásica árabe, en la que una fecunda tensión entre el todo y las partes resulta perfectamente compatible con una estructura nada azarosa).
Poeta del erotismo y de la historia, de lo personal y de lo colectivo, Darwix transfigura lo concreto, los detalles más nimios, en materia poética. En lo concreto se juegan las grandes cuestiones metafísicas. Así escribe el poeta con dolor y con ironía "Los soldados calculan la distancia entre el ser/ y la nada/ con la mirilla del tanque". Pero junto con la materialidad de los cuerpos, de los paisajes, de los objetos, el escritor sabe que debe mirarse también en esa nada, en esa realidad aparentemente sin peso que constituyen las palabras: "no son sino mi lengua. Soy lo que dijeron las palabras:/ Sé/ nuestro cuerpo/ y encarné su voz. Soy lo que/ dije a las palabras: Comulgad en mi cuerpo [...]"
José Luis Gómez Toré
Hablar de diálogo nos proporciona una clave importante para entender la poesía de Darwix, no sólo por el recurso a formas dialogadas en poemas como Contrapunto (que evoca la figura del también palestino Edward Said), sino porque, al escribirse, el yo reconoce su propia insuficiencia. Y el yo es insuficiente, entre otras cosas, porque no hay conciencia del yo que no sea al mismo tiempo conciencia de un tú, hipotético o real. Y viceversa: "En cada "tú" hay un yo,/ yo soy el tú interpelado, no cabe exilio/ si yo te soy. No cabe exilio/ si tú me eres". La identidad personal y colectiva es una inquietud constante ("Y tengo dos lenguas/ pero he olvidado con cúal sueño"). Dicha inquietud nace, al menos, de una doble perplejidad, la perplejidad ante la propia historia del pueblo palestino y la perplejidad de la propia escritura que, aun cuando se nutre de la propia biografía, no puede evitar hablar desde un yo fantasmal. Un yo que, sin embargo, se reencuentra consigo mismo (aunque sólo sea provisionalmente) en la memoria, en la compañía de los seres y las cosas que tejen la urdimbre cotidiana: "Doy, como una ventana, a lo más mío".
Uno de los aspectos más destacados de la escritura de Darwix es el interés por la composición que se hace más evidente en el gusto que muestra el poeta por el poema de cierta extensión (algo a lo que no es ajena la tradición poética árabe). Si todo poema logrado no puede concebirse sino como una totalidad, la manera que Darwix tiene de dar forma a esa totalidad resulta rara vez transparente: destaca en él una composición cuidada pero a la vez muy compleja, que convierte la coexistencia de materiales en apariencia heterogéneos y el fragmentarismo en paradójicos componentes de la unidad del texto (una técnica de composición que resulta muy moderna pero que, a la vez, entronca con la casida de la poesía clásica árabe, en la que una fecunda tensión entre el todo y las partes resulta perfectamente compatible con una estructura nada azarosa).
Poeta del erotismo y de la historia, de lo personal y de lo colectivo, Darwix transfigura lo concreto, los detalles más nimios, en materia poética. En lo concreto se juegan las grandes cuestiones metafísicas. Así escribe el poeta con dolor y con ironía "Los soldados calculan la distancia entre el ser/ y la nada/ con la mirilla del tanque". Pero junto con la materialidad de los cuerpos, de los paisajes, de los objetos, el escritor sabe que debe mirarse también en esa nada, en esa realidad aparentemente sin peso que constituyen las palabras: "no son sino mi lengua. Soy lo que dijeron las palabras:/ Sé/ nuestro cuerpo/ y encarné su voz. Soy lo que/ dije a las palabras: Comulgad en mi cuerpo [...]"
José Luis Gómez Toré
El libro del viento

Diego Vaya
Ed. Rialp. Accesit Adonais 2007
Ed. Rialp. Accesit Adonais 2007
El sevillano Diego Vaya (1980) nos ofrece, tras Las sombras del agua (2005) y Un canto a ras de tierra (2006), un sugerente libro, acreedor de un accésit del último premio Adonais. Su título, El libro del viento (que, por cierto, se encuentra por debajo de los contenidos), nos lleva a pensar en un cierto apego por el mundo pre-científico, al seguir la secuencia de los cuatro elementos reflejados en los títulos de sus libros: agua-tierra-viento-(fuego).
Lo que en primer lugar llama la atención es la continuidad y a la vez la ruptura con su anterior entrega. Ruptura evidente, tanto en lo formal (el Canto estaba formado por poemas en prosa a los que se había suprimido la puntuación) como en lo temático, pero continuidad en cuanto a que el autor sigue un proceso lógico: corte del cordón umbilical con lo trascendente-aprendido-necesario (Canto); llegada, no a lo intrascendente, pero sí a lo terrenal-inagotable, al puro devenir que todo lo conforma (Libro). De ahí la continua referencia a la semilla, origen de más y más semillas iguales, lo mismo que nosotros (“hacia los que los árboles elevan / las huérfanas semillas que antes fueron”).
Nos atrevemos a interpretar que este “continuo devenir” se materializa en el viento, mientras la inmovilidad sería el aire sin más, que todos necesitamos. El viento es lo que nos perturba, lo que no comprendemos bien por qué está, sin lo que podíamos vivir con placidez. No tanto el dolor como la molestia, no la muerte definitiva (que está casi ausente del libro, lo que conforma un gran logro) sino nuestras muertes diarias, que sobrellevamos como bien podemos. Esta inquietud tiene sus mejores resultados en el primer poema (estupendo esto: “pudiendo hablar de aquello que no hiciste mejor, / con precisión de cirujano experto, / que de lo que has vivido”, aunque lo siguiente suena un poco impostado por la excesiva herencia de Vallejo) y en el que empieza “Templa el mundo su forma cristalina”, a nuestro entender el mejor de todo el libro: preciso pero sugerente, leve pero profundo, tenso pero fluido, magnífico.
Otro motivo de desdicha es el de tener que participar en una cotidianeidad sin significado, un trabajo que, más que dignificar, deshumaniza (“de quien vive, aunque solo lo sepa por su sueldo”, materialización de la fatiga), con todo el aislamiento que supone integrarse en una tarea que, además, no aporta nada al individuo (“Llevo días y días encerrado”) y que le resta tiempo en su labor de autoconocimiento (“apenas conocemos quiénes somos”).
En fin, para escapar del dolor de ser un solo ser (hay un continuo enfrentamiento uno-todos, una búsqueda de los otros, inexistentes si no fuera por el amor) el poeta decide entregarse al ciclo, al transcurrir, al saber a ciencia cierta que formamos parte de algo que ni se crea ni se destruye, (“la certeza feliz / de haber formado parte de otro ser”; “y mi madre ha dejado de ser hija”), y que, en el fondo, no tenemos nada y somos precindibles (pero el aire nos cobija: “Voy descalzo. / Dejaré como herencia / mi desnudez”).
En la estirpe de los poetas de la precisión, de la “desesperación correcta” que quería Cioran (siempre con el César Vallejo de los Poemas póstumos como referente), Vaya huye en todo momento del patetismo y de lo anecdótico, logrando un máximo de subjetividad con el mínimo de individualidad, uno de los grandes retos de la poesía en este siglo XXI. La reutilización del tópico, con nuevo aliento (con algún desfase como la visión totalizadora de la amada o la visión posromántica del mundo en continua lucha con el yo), el escalofrío de la elipsis en “Los oigo sobre todo por la noche”, los encabalgamientos sabios (“¿Te duele?, ¿Cuánto falta?, ¿Habrá algo luego? Nada / más”) nos van revelando que nos encontramos ante un libro de altura y profundidad, de resistencia ante la cortedad del decir, y ante un autor que, tanto aquí (su mejor obra hasta el momento) como en su anterior poemario, Un canto a ras de tierra, se nos revela como una de las (no escasas, pero desgraciadamente tampoco numerosas) promesas más firmes de la nueva poesía en nuestro país.
Más allá de algún poema menos significante (“Aquí la tierra es buena” , “Lo has visto muchas veces”, “Me interrumpiste: con tu voz hacías...”) que añade poco al sentido global del poemario, nos encontramos ante un libro en el leernos, en el que ver nuestro reflejo momentáneo, como narcisos en los ríos aunque estos “sepan / siempre hermanarse con el mar”. Un libro para vivir con la certeza indemostrable, “como si otro existiese en algún sitio”.
© David Leo García
El pez goloso de tu lengua

Fernando Reyes
Ed. Libera
México 2007
Ed. Libera
México 2007
“Ritmos encantatorias a 2 lenguas y 4 labios”
Ya lo anotaba el cantautor y poeta español Joaquín Sabina “Lo bueno de los años es que curan heridas, lo malo de los besos es que crean adicción”. De forma similar lo sentencia un proverbio chino: “Un beso es como beber agua salada, bebe y tu sed aumentará”.
El lector que se sitúa frente a El pez goloso de tu lengua (Ediciones Líbera, México, 2007) percibe a un devoto turbado por la pasión del beso. Del besuqueo rampante desenfrenado todo por completo, al manso y tierno beso que comienza en el atisbo de cuatro ojos y rueda hasta el alma.
Fernando Reyes con una voz lúdica, irreverente y altamente sonora, nos ofrece 32 besos distintos cristalizados en esta bitácora-poemario que debe ser libro de cabecera para los “besólogos de corazón”. Reyes se hace un lugar en este movimiento del “besismo literario”, un espacio para sentarse a la izquierda de Béquer con su “beso búsqueda” y a la derecha de Cortázar con su “beso aliterante” en homenaje a su inmemorial capítulo 7 en Rayuela.
Ya desde los tiempos de la Biblia se encuentran cerca de 40 sugerencias -tan sólo en el Antiguo Testamento- donde se describe perfectamente al beso… Pero aquí el autor retoza con las palabras y las vuelve una verdadera exploración docta de las posibilidades del beso. Reyes, no repara en que cuando dos personas se besan intercambian una media de 40.000 parásitos y más de 250 tipos de bacterias. Para él, los besos se perciben desde el interior para plasmarse en una hilera copiosa de sensaciones.
Besos que incitan la devoción a la amada. Como una lluvia sensorial con extensiones receptivas intensísimas. Una fiesta que se campea en el placer del tacto y la búsqueda de las humedades del “otro”. Afirmando que el goce de la vida también se encuentra en la regocijante degustación de otros labios y en la pesquisa de “el pez goloso de otra lengua”.
La delectación pues, deviene de este sobrepasar los sentidos a fibras íntimas. Donde la juventud deja de ser sólo una poética del beso para convertir los besos en un diario camino posible sin itinerario en la avenida del tiempo.
Poemas que muestran el magistral movimiento de la lengua que se mueve con sapiencia sin contar ninguna historia. Besos que rompen la rutina, la intimidad supuestamente valiosa del beso por sí mismo; besos mágicos, besos que adoptan la postura más picassiana posible. Besos de apetito voraz que se dan sólo con lo ojos y que -sin permiso, mejor-, como en su “beso ocular”.
Caricias labiales y lengua paladares que, como anotaba el filósofo y escritor español Unamuno “…vienen riendo, luego llorando se van, y en ellos se va la vida, que nunca más volverá”. Tal vez por ello Reyes oficia el acto de la transfiguración de lo evocado. Salva lo fugaz del beso nombrándolo. Nombrar así se vuelve el encantamiento de sus suculentos y jugosos roces. El espíritu de su besología se torna cuerpo por la elisión y la alusión. Viviendo para anhelar con frenesí el estado del beso genuino.
Entonces su palabra clave puede ser recordar, su poética del beso: metaforizar el instante físico tangible a una intangibilidad de los cielos y los abismos, la metamorfosis de sus realidades a su afirmación más insondable.
Explorando desde uno de los recipientes más escabrosos: la boca, Fernando Reyes tiene, como los buenos poetas, un pie en la tradición y otro en la modernidad. Se asiste de aliteraciones como en el “beso sucio” que llevan a una eufonía que estruja al oído y comprueba que buscando y siguiendo la melopea se pueden crear atinadas metáforas. Actitud creadora experimental, que no está peleada con lo sublime.
El dominio del espacio, de la página en blanco con la disposición topográfica de sus versos, el juego que detona la continuidad chirriadora de una palabra con otra, como en el “Beso esternocleidomastoideo”, o el desfragmentación de palabras como en el elegante “beso en red dado” son muestra de su reiteración intencionadamente displicente.
Ya Octavio Paz lo asentó antes: “Un mundo nace cuando dos se besan”. “El pez goloso de tu lengua” es una reverencia magnífica ante la música, los ritmos encantatorios de la lengua, los labios, toda la cavidad maxilar y “los toboganes del cuello o los hombros”. Un jardín de ósculos con luna, su mar y su aljibe de alguien que se sabe coleccionista y buscador de todos ellos para que no escapen de la memoria fastidiosamente infiel.
Veneración constante por el concierto del tacto, de la indagación sempiterna de esos besos que se esconden en el aire, que se ocultan en un rompecabezas de posibilidades negadas.
Un poemario que sugiere por el rítmico y sinuoso galopeo de las palabras un viaje cadencioso por el siempre acuoso beso, en el que no leemos los besos del autor, sino que nos vamos leyendo y al mismo tiempo, escribiendo nuestra esencia del humano beso, porque curiosamente somos el único animal que al copular puede besarse.
Un yo lírico transfigurado en sentidos hiper erizados como en la etapa oral donde la boca es la zona erógeno preminente y pone en movimiento los labios, la lengua y el paladar en una alternancia rítmica que se aleja de lo trágico y la lógica. Escurriéndose más por la risa y la imaginación. Un poemario de un amante buscador de sazonados besos, su invitación a desarrollar el “buen besante” que llevamos dentro, del “tímido besante” que aún no ha girado en 360 º su lengua o labios al sumergirse o bucear en la boca de su amante.
Poemas que invitan a despertar una propia “besología”. A no sólo activar 12 músculos faciales mientras se da un beso en la mejilla, sino mejor un beso en la boca para utilizar 34. Besos que incitan a no esperar al tiempo e ir corriendo en círculos zigzagueantes por la boca que nos recuerde el sabor de lluvia y dulce tierra regada. Para invitarnos a asir el beso como arcilla, como barro, darle sabor a conversación nocturna, darle amplitud kilométrica de besos… de diluvios de besos y más besos.
.Ya lo anotaba el cantautor y poeta español Joaquín Sabina “Lo bueno de los años es que curan heridas, lo malo de los besos es que crean adicción”. De forma similar lo sentencia un proverbio chino: “Un beso es como beber agua salada, bebe y tu sed aumentará”.
El lector que se sitúa frente a El pez goloso de tu lengua (Ediciones Líbera, México, 2007) percibe a un devoto turbado por la pasión del beso. Del besuqueo rampante desenfrenado todo por completo, al manso y tierno beso que comienza en el atisbo de cuatro ojos y rueda hasta el alma.
Fernando Reyes con una voz lúdica, irreverente y altamente sonora, nos ofrece 32 besos distintos cristalizados en esta bitácora-poemario que debe ser libro de cabecera para los “besólogos de corazón”. Reyes se hace un lugar en este movimiento del “besismo literario”, un espacio para sentarse a la izquierda de Béquer con su “beso búsqueda” y a la derecha de Cortázar con su “beso aliterante” en homenaje a su inmemorial capítulo 7 en Rayuela.
Ya desde los tiempos de la Biblia se encuentran cerca de 40 sugerencias -tan sólo en el Antiguo Testamento- donde se describe perfectamente al beso… Pero aquí el autor retoza con las palabras y las vuelve una verdadera exploración docta de las posibilidades del beso. Reyes, no repara en que cuando dos personas se besan intercambian una media de 40.000 parásitos y más de 250 tipos de bacterias. Para él, los besos se perciben desde el interior para plasmarse en una hilera copiosa de sensaciones.
Besos que incitan la devoción a la amada. Como una lluvia sensorial con extensiones receptivas intensísimas. Una fiesta que se campea en el placer del tacto y la búsqueda de las humedades del “otro”. Afirmando que el goce de la vida también se encuentra en la regocijante degustación de otros labios y en la pesquisa de “el pez goloso de otra lengua”.
La delectación pues, deviene de este sobrepasar los sentidos a fibras íntimas. Donde la juventud deja de ser sólo una poética del beso para convertir los besos en un diario camino posible sin itinerario en la avenida del tiempo.
Poemas que muestran el magistral movimiento de la lengua que se mueve con sapiencia sin contar ninguna historia. Besos que rompen la rutina, la intimidad supuestamente valiosa del beso por sí mismo; besos mágicos, besos que adoptan la postura más picassiana posible. Besos de apetito voraz que se dan sólo con lo ojos y que -sin permiso, mejor-, como en su “beso ocular”.
Caricias labiales y lengua paladares que, como anotaba el filósofo y escritor español Unamuno “…vienen riendo, luego llorando se van, y en ellos se va la vida, que nunca más volverá”. Tal vez por ello Reyes oficia el acto de la transfiguración de lo evocado. Salva lo fugaz del beso nombrándolo. Nombrar así se vuelve el encantamiento de sus suculentos y jugosos roces. El espíritu de su besología se torna cuerpo por la elisión y la alusión. Viviendo para anhelar con frenesí el estado del beso genuino.
Entonces su palabra clave puede ser recordar, su poética del beso: metaforizar el instante físico tangible a una intangibilidad de los cielos y los abismos, la metamorfosis de sus realidades a su afirmación más insondable.
Explorando desde uno de los recipientes más escabrosos: la boca, Fernando Reyes tiene, como los buenos poetas, un pie en la tradición y otro en la modernidad. Se asiste de aliteraciones como en el “beso sucio” que llevan a una eufonía que estruja al oído y comprueba que buscando y siguiendo la melopea se pueden crear atinadas metáforas. Actitud creadora experimental, que no está peleada con lo sublime.
El dominio del espacio, de la página en blanco con la disposición topográfica de sus versos, el juego que detona la continuidad chirriadora de una palabra con otra, como en el “Beso esternocleidomastoideo”, o el desfragmentación de palabras como en el elegante “beso en red dado” son muestra de su reiteración intencionadamente displicente.
Ya Octavio Paz lo asentó antes: “Un mundo nace cuando dos se besan”. “El pez goloso de tu lengua” es una reverencia magnífica ante la música, los ritmos encantatorios de la lengua, los labios, toda la cavidad maxilar y “los toboganes del cuello o los hombros”. Un jardín de ósculos con luna, su mar y su aljibe de alguien que se sabe coleccionista y buscador de todos ellos para que no escapen de la memoria fastidiosamente infiel.
Veneración constante por el concierto del tacto, de la indagación sempiterna de esos besos que se esconden en el aire, que se ocultan en un rompecabezas de posibilidades negadas.
Un poemario que sugiere por el rítmico y sinuoso galopeo de las palabras un viaje cadencioso por el siempre acuoso beso, en el que no leemos los besos del autor, sino que nos vamos leyendo y al mismo tiempo, escribiendo nuestra esencia del humano beso, porque curiosamente somos el único animal que al copular puede besarse.
Un yo lírico transfigurado en sentidos hiper erizados como en la etapa oral donde la boca es la zona erógeno preminente y pone en movimiento los labios, la lengua y el paladar en una alternancia rítmica que se aleja de lo trágico y la lógica. Escurriéndose más por la risa y la imaginación. Un poemario de un amante buscador de sazonados besos, su invitación a desarrollar el “buen besante” que llevamos dentro, del “tímido besante” que aún no ha girado en 360 º su lengua o labios al sumergirse o bucear en la boca de su amante.
Poemas que invitan a despertar una propia “besología”. A no sólo activar 12 músculos faciales mientras se da un beso en la mejilla, sino mejor un beso en la boca para utilizar 34. Besos que incitan a no esperar al tiempo e ir corriendo en círculos zigzagueantes por la boca que nos recuerde el sabor de lluvia y dulce tierra regada. Para invitarnos a asir el beso como arcilla, como barro, darle sabor a conversación nocturna, darle amplitud kilométrica de besos… de diluvios de besos y más besos.
© Alejandro Campos Oliver
Calor

Manuel Vilas
IV Premio de poesía Fray Luis de León
Ed. Visor
IV Premio de poesía Fray Luis de León
Ed. Visor
A primera vista Calor, el nuevo poemario del poeta aragonés Manuel Vilas que mereció el premio Fray Luis de León 2007, se asemeja a una mirada construida con muchas miradas sobre una realidad social que se hace íntima. Desde ese punto de vista, el libro sería como un vistazo al estado espiritual de una sociedad o de un país, España, en este caso (por cierto ese es también el título de su última novela) si no fuera por que la preocupación sin dejar de parecer general, llega desde lo particular, desde lo personal. Vilas desarrolla esto por medio de un recurso tan eficaz como escasamente aprovechado en nuestra tradición poética: el Monólogo dramático de personajes, en este caso a veces coincidentes con el nombre del poeta, a veces complementarios, a veces incluso contrarios; las vidas tristes, alegres, pobres, que podría haber sido y no fue, las vidas que tal vez ha sentido Manuel Vilas a lo largo de sus recuerdos y ficciones, de sus pesadillas y deseos.
Es curioso ver que en algunos poemas (por ejemplo HU-4091-L o Fraternidad) la inspiración que podría ser whitmaniana, va derivando, casi desde el primer momento, hacia un rictus donde la ironía y un raro desapego masoquista campan a sus anchas. Es como si el poeta se rindiera a la imposibilidad de volver a nombrar el mundo, y con ello en cierto modo lo nombrara. Algo así como si a un sacerdote se le apareciera su profeta y le dijera que todo ha sido una broma, que ya está, que se vaya a casa, dejándole allí, con una fe sin fe (sin apariencia de fe), predicando.
A veces la dinámica del discurso se apodera del personaje, como en el caso de los poemas Cocaína o Amor mío, y lo transforma en una marioneta sin ventrílocuo, desbocada y al mismo tiempo ahíta en su corriente de conciencia; una especie de Anne Sexton sin demasiada convicción para suicidarse. Precisamente por que no hay nada que decir pero tampoco hay nada que hacer más que decir, las afirmaciones se contradicen, las certidumbres se alejan de las verdades y a la belleza flaca, todo le salen pulgas; pulgas poéticas.
Para eso estamos aquí: para decirlo, parecen gritar al lector los poemas que corren como fábulas carverianas en el escenario de la imaginería urbana española, zaragozana, barbastrense. Los poemas han muerto: Viva la poesía (lo que nace de la afirmación contraria). El poeta toma voz para hacer crecer la voz, Amaré y no seré responsable, Qué solo estoy yo aquí en la tierra, El mundo es veneno, el mundo me da la vida terrena. El otro resulta ser todos pero la flor amarilla es como decía Caeiro, sólo una flor amarilla vista por primera y última vez. A diferencia del heterónimo de Pessoa que declaraba no sentir la más mínima melancolía por ello, para Vilas la flor (llámese margarita, Zaragoza o lo que sea) es tan inaccesible, tan asombrosa, tan triste... Guste o no, sería interesante que mucha de la poesía española actual tuviera la frescura de Calor.
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Es curioso ver que en algunos poemas (por ejemplo HU-4091-L o Fraternidad) la inspiración que podría ser whitmaniana, va derivando, casi desde el primer momento, hacia un rictus donde la ironía y un raro desapego masoquista campan a sus anchas. Es como si el poeta se rindiera a la imposibilidad de volver a nombrar el mundo, y con ello en cierto modo lo nombrara. Algo así como si a un sacerdote se le apareciera su profeta y le dijera que todo ha sido una broma, que ya está, que se vaya a casa, dejándole allí, con una fe sin fe (sin apariencia de fe), predicando.
A veces la dinámica del discurso se apodera del personaje, como en el caso de los poemas Cocaína o Amor mío, y lo transforma en una marioneta sin ventrílocuo, desbocada y al mismo tiempo ahíta en su corriente de conciencia; una especie de Anne Sexton sin demasiada convicción para suicidarse. Precisamente por que no hay nada que decir pero tampoco hay nada que hacer más que decir, las afirmaciones se contradicen, las certidumbres se alejan de las verdades y a la belleza flaca, todo le salen pulgas; pulgas poéticas.
Para eso estamos aquí: para decirlo, parecen gritar al lector los poemas que corren como fábulas carverianas en el escenario de la imaginería urbana española, zaragozana, barbastrense. Los poemas han muerto: Viva la poesía (lo que nace de la afirmación contraria). El poeta toma voz para hacer crecer la voz, Amaré y no seré responsable, Qué solo estoy yo aquí en la tierra, El mundo es veneno, el mundo me da la vida terrena. El otro resulta ser todos pero la flor amarilla es como decía Caeiro, sólo una flor amarilla vista por primera y última vez. A diferencia del heterónimo de Pessoa que declaraba no sentir la más mínima melancolía por ello, para Vilas la flor (llámese margarita, Zaragoza o lo que sea) es tan inaccesible, tan asombrosa, tan triste... Guste o no, sería interesante que mucha de la poesía española actual tuviera la frescura de Calor.
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© Miguel Ángel Gara