VISIONES
Francisco Brines
Antología poética
(selección y prólogo de Dionisio Cañas)
Galaxia Gutenberg/ Círculo de Lectores, 2007
(selección y prólogo de Dionisio Cañas)
Galaxia Gutenberg/ Círculo de Lectores, 2007
Francisco Brines (Valencia, Oliva, 1932) es, junto a autores como José Ángel Valente o Claudio Rodríguez, uno de los nombres fundamentales de la poesía del medio siglo. La presente antología, preparada por Dionisio Cañas, buen conocedor de su obra y autor de Poesía y percepción, uno de los primeros estudios importantes sobre el poeta, es una buena ocasión para acercarse a una escritura que, pese a su tono elegíaco, constituye una intensa y dolorosa declaración de amor a la vida.
Acierta Dionisio Cañas en el prólogo al señalar dos elementos fundamentales en la escritura del valenciano como son el espacio fundacional de Elca y la conciencia de una naturaleza que es a un tiempo eterna y perecedera, ya que vida y muerte se revelan, a la postre, como dos aspectos de una misma corriente. El espacio fundacional remite asimismo a un tiempo, la infancia, que tiene la consistencia espacial de un lugar de permanencia (ya que, si en la edad adulta, el rápido paso de los años destruye toda esperanza de una morada duradera, en la infancia tiempo y espacio se hacen uno, hasta el punto de que lo temporal es más un estar que un transcurrir). La niñez y los espacios de la infancia se funden en el mito del paraíso perdido. El yo adulto, que se sabe mortal, busca en el espejo del recuerdo (como Juan Ramón a su niñodiós de Moguer) al niño que fue, un ser semejante a los dioses puesto que vivía ignorante de la muerte.
El mayor logro de la poesía de Francisco Brines es probablemente la capacidad de transmitir, junto con el lamento elegíaco, la celebración a la vida que se pierde a cada instante. Esta visión a la vez luminosa y oscura es la que otorga su tono inconfudible a los poemas de El otoño de las rosas, probablemente el mejor libro del autor (no es casualidad que los dos libros mejor representados en esta antología, por el número de poemas recogidos, sean precisamente el citado y Palabras a la oscuridad, otro poemario imprescindible pues supone la confirmación y la madurez de la voz poética después del deslumbramiento inaugural de Las brasas).
La antología de Cañas recoge buena parte de los poemas más significativos del escritor valenciano. Como es inevitable, los lectores de Brines no dejarán de echar en falta alguno de sus textos preferidos. No hubiese estado de más que, como botón de muestra, Cañas hubiera incluido alguno de los textos satíricos de Aún no. Personalmente, me hubiese gustado que estuviera también representado el libro Materia narrativa inexacta, al menos con "La muerte de Sócrates", un espléndido poema moral y político que no deja de arrojar luz sobre la posición del autor frente a la llamada poesía social. Pero, si no se puede pedir a una antología que coincida con las preferencias personales de sus posibles lectores, sí cabe exigirle una selección rigurosa, basada en criterios tanto estéticos como de representatividad. Y esta antología cumple con holgura dichos objetivos.
No quisiera dejar de comentar tanto el acierto del título (que no sólo coincide con el de uno de los poemas imprescindibles de Brines sino que también logra resumir buena parte de su mundo poético) como la sabia elección del poema inicial, "El porqué de las palabras". Éste, uno de los pocos poemas metapoéticos de su autor, nos muestra la ambivalencia de una voz que confiesa "No tuve amor a las palabras" pero que debe admitir también: "Debí amar las palabras;/ por ellas comparé, con cualquier dimensión del mundo externo:/ el mar, el firmamento,/ un goce o un dolor que al instante morían;/ y en ellas alcancé la raíz tenebrosa de la vida". La escritura de Brines, que descubre por doquier signos de la muerte y del tiempo destructor, es también la renovada defensa de un carpe diem que no es un tópico literario sino el emocionado testimonio de una convicción vital.
© José Luis Gómez Toré
Satisfacciones de esclavo

Alicia González
Premio de poesía León Felipe
Premio de poesía León Felipe
Ed. Celya
Satisfacciones de esclavo es un libro que parte de una inspiración erótica ya visible desde su mismo e inquietante título pero que se hace patente en su interrogante comienzo, invocando y ubicando al lector con la pregunta esencial del erotismo ¿cuántas veces hicimos nuestro / el cuerpo de otros? Esa antropofagia, ese vampirismo que supone la seducción, se despliega en este largo poema en destellos de oscuridad, en sombras resplandecientes a lo largo de sus escabrosos valles y de sus pavorosos riscos de palabras.
Tengo ganas / de que la moral se adormezca. Clama un desconocido (o enmascarado) personaje al que parece dirigirse la poeta. Los versos de Satisfacciones de esclavo amenazan con romper los sellos del desenfreno pero, aunque el lector congestionado por la curiosidad pudiera desearlo, el ángel tutor que le guía en esta aventura literaria no llega a soplar la séptima trompeta. Y eso es porque todo erotismo lleva acompañado de un punto de dolorosa tensión, de contención a pesar de, para esquivar lo que contribuye a hacerlo sobrevivir como posibilidad. La génesis y el motor del erotismo es la insatisfacción, la ausencia de plenitud, por eso el erotismo resulta, como germen o, al cabo, como fruto, tan pródigo en obras artísticas.
Hay en Satisfacciones de esclavo una dialéctica sinuosa que recuerda a los laberintos de la seducción, y que vela una relación ama-esclavo o esclava-amo donde no se acaba de saber, ni tampoco importa, dónde empieza el placer y dónde el dolor, y tal vez se podría decir que toda poesía o todo sentimiento poético no es más que ese sentir dolor por el placer y viceversa.
El desarrollo del poema nos cuenta una historia sin contarla con imágenes audaces, a veces dignas del Cantar de los cantares: “En la hogaza de corazón.”, “Amamantar de nubes”, “Seremos ciruelos” pero al mismo tiempo el personaje narrador que se confunde con la poeta amonesta con interjecciones continuas a su amante o al objeto, podríamos decir, de sus amorosos reproches ¡Allá!, ¡Me entrego!. Es ese canto de la ida y de la vuelta, de las Amistades peligrosas, del “¡ya no es mi vida!” que proclama en pleno éxtasis silente el marinero descreído, inspiración (consentida o no) de estos versos. Son las “dioptrías del exceso”, como se llega a deciren una ocasión, las que difuminan al espectro del amante, las que precipitan en un goce que no se puede, al cabo, consumar.
Pero a pesar de todo, el personaje de este libro busca el amor. “Te hablo del amor y de la naturaleza de las rosas.” espeta a su intangible oyente, a su invisible lector. Recordar que “cada piel encuentra su textura / sumergida en un mar de piel.” Es la virtud, que en los estribillos del poema genera ese límite no alcanzado hasta, tal vez, en el instante cumbre lograr la consumación que, luego, irremediablemente se perderá, se olvidará, será demasiado tarde, siempre tarde, como la espuma es demasiado tarde en la ola.
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Tengo ganas / de que la moral se adormezca. Clama un desconocido (o enmascarado) personaje al que parece dirigirse la poeta. Los versos de Satisfacciones de esclavo amenazan con romper los sellos del desenfreno pero, aunque el lector congestionado por la curiosidad pudiera desearlo, el ángel tutor que le guía en esta aventura literaria no llega a soplar la séptima trompeta. Y eso es porque todo erotismo lleva acompañado de un punto de dolorosa tensión, de contención a pesar de, para esquivar lo que contribuye a hacerlo sobrevivir como posibilidad. La génesis y el motor del erotismo es la insatisfacción, la ausencia de plenitud, por eso el erotismo resulta, como germen o, al cabo, como fruto, tan pródigo en obras artísticas.
Hay en Satisfacciones de esclavo una dialéctica sinuosa que recuerda a los laberintos de la seducción, y que vela una relación ama-esclavo o esclava-amo donde no se acaba de saber, ni tampoco importa, dónde empieza el placer y dónde el dolor, y tal vez se podría decir que toda poesía o todo sentimiento poético no es más que ese sentir dolor por el placer y viceversa.
El desarrollo del poema nos cuenta una historia sin contarla con imágenes audaces, a veces dignas del Cantar de los cantares: “En la hogaza de corazón.”, “Amamantar de nubes”, “Seremos ciruelos” pero al mismo tiempo el personaje narrador que se confunde con la poeta amonesta con interjecciones continuas a su amante o al objeto, podríamos decir, de sus amorosos reproches ¡Allá!, ¡Me entrego!. Es ese canto de la ida y de la vuelta, de las Amistades peligrosas, del “¡ya no es mi vida!” que proclama en pleno éxtasis silente el marinero descreído, inspiración (consentida o no) de estos versos. Son las “dioptrías del exceso”, como se llega a deciren una ocasión, las que difuminan al espectro del amante, las que precipitan en un goce que no se puede, al cabo, consumar.
Pero a pesar de todo, el personaje de este libro busca el amor. “Te hablo del amor y de la naturaleza de las rosas.” espeta a su intangible oyente, a su invisible lector. Recordar que “cada piel encuentra su textura / sumergida en un mar de piel.” Es la virtud, que en los estribillos del poema genera ese límite no alcanzado hasta, tal vez, en el instante cumbre lograr la consumación que, luego, irremediablemente se perderá, se olvidará, será demasiado tarde, siempre tarde, como la espuma es demasiado tarde en la ola.
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© Miguel Angel Gara
