Suplemento de poesía de Literaturas.com

VISIONES

EL PLACER DE LAS PALABRAS




El arte de la pobreza.
Diez poetas portugueses contemporáneos


Edición y traducción
José Ángel Cilleruelo
Maremoto, Málaga, 2007

Como excelente conocedor de la lírica portuguesa que es, el poeta, ensayista, narrador y traductor José Ángel Cilleruelo (Barcelona, 1960) de nuevo nos abre la puerta indispensable de la traducción para darnos la oportunidad de acceder a la obra de diez poetas contemporáneos lusos.

El arte de la pobreza es un título que nos llama un poco la atención y que el autor explica en su breve, pero clarificante prólogo: “El concepto de “pobreza” que convoca el título de esta antología no se refiere, evidentemente, a una mera cuestión expresiva, ni tampoco a una reivindicación de corriente literaria alguna, sino al hecho de compartir la idea de la pobreza como condición y esencia de la experiencia estética del poeta contemporáneo.”

Con estas premisas, José Ángel Cilleruelo reúne En el arte de la pobreza a diez poetas representantes de tres épocas generacionales diferentes. Desde la de los años 60 y los 70 –a juicio de JAC unas de las épocas más brillantes del siglo-, hasta la generación de los 90, pasando por la de los 80 que -y siempre en palabras del traductor- “a pesar de la gran efervescencia poética, de la gran fertilidad inicial, no cuajó en un movimiento literario relevante, se disgregó como una tormenta de verano dejando en el cielo […] nubes dispersas sin relación entre ellas.”

Los poetas antologados cronológicamente por JAC son: Fátima Maldonado, Fernando Guerreiro, Carlos Poças Falcão, Gil de Carvalho, José Antonio Almeida, Jorge Gomes Miranda, Rui Pires Cabral, José Miguel Silva, Daniel Faria y Manuel de Freitas.

La intención de la mayoría de las antologías es poner debajo del foco a un puñado de autores que, en gran parte, permanecen oscuros fuera del ámbito desde donde desarrollan su labor. Y a esto contribuyen, más que cualquier otra cosa, las traducciones. En este caso, El arte de la pobreza.

A tenor de lo que se nos explica en la concisa y sin embargo clarificante introducción biobibliográfica que JAC pone al frente de la selección de poemas de sus antologados, muchos de éstos no son dentro del territorio portugués unos desconocidos. Pero sí que algunos de los nombres que aparecen en esta antología llegarán a ponerse debajo de ese foco que servirá quizá, más que para iluminarlos a ellos, para iluminar al lector español.

Entre los diez seleccionados, como ocurre en toda antología que se precie, hay poetas destacables, de cierto interés o simplemente prescindibles. No quiero hablar aquí de éstos últimos. Me centraré únicamente en aquéllos que suavemente y sin prisas me han encerrado en un mundo de palabras que he admirado, envidiado y querido hacer mías.

Empezaré subrayando a la poeta –desgraciadamente la única mujer que es seleccionada- que abre esta antología, Fátima Maldonado (1941). La poesía de Fátima Maldonado es visceralmente corporal, carnal, elaborada, excesiva. Marcada siempre con tal fuerza y apasionamiento que ni un verso de sus poemas nos puede dejar indiferentes. La selección de poemas que de ella hace JAC, es excelente. La falta de espacio me impide reproducir algunos fragmentos de éstos, pero, aunque todos son incuestionables, apunto algunos títulos: “Piscis/7”, “Paneles de Vigilancia”,”Lamento de Mariana Alcoforado por el Marqués de Chamilly”…

Carlos Poças Falcão
(1951), creador de una poesía filosófica y mística, compuesta a golpe de palabras en las que, por un lado, impera el “ritmo arcaico del mundo, y por otro construye su verbo –como nos dice su antólogo-“del silencio y de la pobreza de la experiencia artística”. Señalo dos poemas particularmente emotivos incluidos en la selección: “El cuarto” y “Las materias”.

Jorge Gomes Miranda
(1965), para muchos autor de una de las obras más importantes de la poesía portuguesa contemporánea, se nos presenta como un poeta cercano a lo que aquí se dio en llamar en su tiempo poesía figurativa. En sus poemas, que pasan por varías fases, se ve la atracción por la vida familiar, por el descubrimiento del amor, de la ciudad, por la belleza no suficientemente apreciada que hay en la vida cotidiana, para terminar –qué gran poeta con una obra tan extensa como la suya no lo haría- : “en la contemplación de un mundo al que se juzga con rigor y acritud”.

En la poesía de Rui Pires Cabral (1967) impera la vida. Su poesía recorre los lugares marcados por la memoria y la distorsión que, tantas veces, ésta produce tras el paso del tiempo. Paisajes de adolescencia, urbanos –Lisboa y algunos lugares europeos- nos son aquí ofrecidos en un estilo que gusta de la elipse, quizá para imponer un ritmo al lenguaje más personal, de acuerdo con sus exigencias interiores.

Por último destacaré a Manuel de Freitas (1972). Autor de más de una decena de libros, parece ser que ocupa un lugar aparte dentro de la poesía portuguesa. Afiladas lenguas –que se escuchan a ambos lados de la frontera y sin que nadie niegue su valía poética- aseguran de su “atracción” por la manipulación. Esto no debe mermar su obra, que, como hemos dicho antes, es extensa e importante. Su lirismo poético, realista, fuerte, cercano a las experiencias urbanas y biográficas, nos hace caer rendidos ante el poder de la palabra. Ante el poder de la poesía. Y de eso se trata.

© Herme G. Donis

Suplemento “Cultura”, nº 781, La Nueva España (Asturias), 22 de noviembre de 2007




Antes del eclipse (2003-2005)




Rafael-José Díaz
Pre-Textos, 2007


Creo que no es azaroso que Rafael-José Díaz (Santa Cruz de Tenerife, 1971) haya querido añadir al título la fecha de composición de los poemas que forman el libro (2003-2005). Hay en esta poesía una indudable presencia del yo (aunque en algún poema, la primera persona se camufla a través de una segunda o tercera de modo semejante al que aparece en poetas como Cernuda o Brines). La escritura de Rafael-José Diaz es una escritura teñida por la memoria y algunos poemas parecen querer evocar en el lector la impresión de estar leyendo las anotaciones de un diario íntimo. Sin embargo, el componente autobiográfico que impregna estos versos no debe exagerarse: la voz poética reelabora ese componente vital, esa memoria que es quizá materia prima de toda escritura, para ofrecernos algo que es una experiencia que no es sólo la del yo que escribe, sino también la del lector y asimismo la experiencia de la propia poesía (experiencia que es vida haciéndose lenguaje, lenguaje transformándose en vida).
No es casual que, en varios poemas, aparezcan referencias explícitas al acto de escribir. Así, por ejemplo en el poema que da título al libro, la voz poética se mira en el el espejo de su propio decir: "Yo entré en casa, cené. Luego vino el poema". En un texto dedicado a Manuel Borrás, el poeta se pregunta si lo que escribe es su "propio cadaver/ esparcido en la página" o el canto renacido de un pájaro "que brota de la muerte/ y a través de la luz llega hasta el sueño". Las palabras tienen una consistencia carnal, un peso material que no anula sin embargo su tendencia hacia la ingravidez del vuelo. Memoria, cuerpo y escritura componen una constelación simbólica que nos habla de un entendimiento vital de la propia poesía así como de una vida que no sería exactamente la misma sin el intenso diálogo con la palabra.
La variedad formal de la que hace gala el poeta (del poema de cierta extensión al verso muy breve, pasando por el poema en prosa) no se reduce a un ejercicio de estilo, sino que teje un interesante contraste entre la vivencia que da pie a una demorada reflexión y el instante de iluminación, el súbito chispazo de una visión o un pensamiento, que no exige un desarrollo posterior. La mirada del yo lírico no necesita un acontecimiento inusual para convertir la experiencia en poesía. A este respecto, resulta significativo que en "Antes del eclipse" no es el momento del eclipse el que es poetizado sino "un instante cualquiera" antes del hecho excepcional: "algo tan sencillo", tan vulgar, comparado con el eclipse que llegará a medianoche, que podría no haberse convertido en escritura y, sin embargo, la mirada del poeta sabe reconocer el milagro que hay tras la aparente trivialidad del momento.
Pero el poeta se sitúa también, a lo largo del libro, antes de otros eclipses, en la esperanza de que la oscuridad sea momentánea y que, a través de la memoria, pueda ser posible recuperar la luz de una existencia tejida tanto por el placer como por el dolor, teñida por la intensidad vital pero también por la amenaza ineludible de la muerte. Si hay, sin duda, un elemento elegíaco en esa inmersión en los recuerdos, sin embargo la elegía viene matizada por la luz de la memoria, que tal vez nos ayude a "saber qué significa renacer". La palabra acude en socorro del poeta para situarse antes de los eclipses y antes también de esa noche total que parece aguardarnos: "Decir para vivir, decir hasta vivir/ no era un milagro: era tan solo/ prender un breve fuego/ hoy al atardecer, poco antes de las sombras". Mitad sombra, mitad luz, la poesía de Rafael-José Díaz pone en entredicho una vez más la falsa alternativa que nos conmina a elegir entre la vida y la escritura.
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© José Luis Gómez Toré