Suplemento de poesía de Literaturas.com

VISIONES

Fragmentos de inmensidad

Antonio Gracia

Editorial Devenir, 2008

El título general, Fragmentos de inmensidad, así como el de cada una de las secciones en las que se divide el poemario ("Homo semens", "Homo scriptor", "Locus horribilis", "Locus amoenus") apunta a un principio estructural del libro que se plantea como un juego de antítesis y conciliaciones, a la manera de una pieza musical tocada a veces con acento dramático que evoca la música verbal y el desencanto amargo de un Quevedo y otras, con la música serena y callada de fray Luis (no creo, a este respecto, que las frecuentes menciones al arte musical sean únicamente el signo de una predilección estética: el libro, unitario y diverso a un tiempo, tiene algo de composición sinfónica, articulada mediante un inteligente uso de recurrencias y variaciones). Hay en la escritura de Antonio Gracia (Bigastro, Alicante, 1946) una voluntad de aunar poesía y pensamiento. Sin embargo, no estamos ante una propuesta intelectualista. El punto de partida para el pensamiento reflexivo es siempre la emoción, una emoción que a veces escora hacia el entusiasmo vitalista (sobre todo, en la primera sección) pero que, con mayor frecuencia oscila entre la serena aceptación estoica y la melancolía.
No podemos pasar por alto la palabra "fragmentos", presente en el título, porque en ella se nos otorga una clave importante para adentrarnos en el mundo poético de Gracia. Si en ocasiones el fragmento parece remitir al escepticismo posmoderno ante la totalidad, con mayor frecuencia se sitúa ante la vivencia romántica del fragmento como parte de un todo, que, aunque se hur
ta al individuo, se insinua en la intensidad del abrazo erótico o en la calma de la contemplación. Hay así también una comprensión del lenguaje poético que no es ajena a la tradición simbolista, lo que se trasluce por ejemplo en la equivalencia entre libro y mundo.
Como señala Luis Bagué en su espléndido prólogo, "Fragmentos de inmensidad establece una poética a medio camino entre el espejo y el espejismo, las cenizas de la identidad y el desvelamiento de la condición humana". En la primera sección el erotismo ofrece una plenitud vital que parece ausente de cualquier otra realidad: "He buscado en el mundo y en los libros/ el se
ntimiento pleno, la religión más alta,/ y los hallé en el fondo de tus ojos/ y en el abismo breve de tu carne". Sin embargo, la sección "Homo scriptor" nos muestra un sujeto poético más desancantado, que encuentra en la cultura, si no el entusiasmo de la carne, sí al menos el consuelo de una belleza que suena como una promesa de armonía entre el ruido de un mundo a menudo hostil: "Si detener pudiera la vida en ese instante/ elegiría ser el acorde infinito, un cuadro inacabable, un verso inextingible". No obstante, en ocasiones la escritura parece revelar una realidad escondida como en el poema "Verklärte Nacht": "Como si el alma fuera a eternizarse, estalla el codicilo y el espejo repite el universo".
Las dos últimas secciones "Locus horribilis" y "Locus amoenus" plantean, en dramático contraste, la necesidad de habitar un lugar propio, un espacio donde recomponer los fragmentos desgajados de una individualidad siempre asediada: los bosques arrasados de la égloga clásica aspiran a recuperar su condición paradisíaca pero ese camino sólo será posible a través de la asunción del dolor y de la muerte. Como escribe Luis Bagué, "Antonio Gracia aspira a levantar el himno en la elegía". El poeta se impone la labor de una vigilancia constante sobre la realidad para descubrir en ella la presencia efímera de la epifanía:
"Tal vez no fuera un dios aquella esfinge/ de estruendoso silencio. Pero, al fin,/ sus sosegados ojos me miraban". Hay en la cuidada escritura de este libro un esfuerzo constante de transfigurar la angustia existencial en serena aceptación de lo real. La difícil conquista de la serenidad implica también mirar cara a cara a la muerte, de la que probablemente el yo concreto no pueda salvarse. Sin embargo, el yo lírico en su precaria temporalidad sabe encontrar rastros de lo eterno en la naturaleza, que se muestra en el paisaje pero también en el breve espacio del cuerpo amado, así como en ese esfuerzo por perdurar que se revela en la obra artística.



José Luis Gómez Toré



El fósforo astillado



Juan Andrés García Román

DVD Ediciones 2009


En su cuestionamiento del concepto occidental de saber, Georges Bataille formuló la risa como una experiencia transgresora, una ruptura momentánea de la aparente estabilidad del mundo, una irrupción de lo imprevisible y lo desconocido: “la conciencia de la escasez de estabilidad, incluso de la profunda falta de toda verdadera estabilidad, libera los encantos de la risa”. Mucho antes, Nietzsche describía la risa de Zaratustra como “una tienda multicolor extendida sobre nosotros”, que permite conocer “nuevas estrellas, nuevas magnificencias nocturnas”.
El insólito humor que despliega J. A. García Román a lo largo de “El fósforo astillado” tiene algo de ese potencial creativo y subversivo. Estamos ante un libro de poemas que posee la difícil cualidad de hacer reír; esa risa surge a veces como respuesta al absurdo, pero también ante esa conciencia de inestabilidad de la que hablaba Bataille. Pues en el juego de máscaras que propone el poeta, todo es inestable: el autor se esconde detrás de unos personajes, que a su vez son actores que están representando no una obra, sino el “ensayo general” de esa obra. Máxima precariedad de los significantes: realidad y representación se tornan indiscernibles, se solapan, se alternan, se contradicen. Asimismo hay una total falta de fe en las palabras (“el lenguaje se necrosa como el coral”), y el único verdadero poema es el poema soñado –una de las ideas más persistentes del texto-. Y sin embargo, hay una insistencia en alcanzar lo real, puesto que el amor entre soprano y tenor existe, y en esa insistencia reside un punto de fuga que dota a esta historia de un inesperado agón: “El trozo de coral se ha puesto gris, ha muerto. / Pero tú eres real. Tú eres real”.
Toda esta compleja cuestión de la representación –no en vano el poemario se abre con sendas citas de Ingeborg Bachmann y David Lynch, dos autores que en sus respectivos medios han abordado ese problema–, podría quedarse en una ardua disquisición intelectual, si el lenguaje poético no estuviera a la altura. Pero estilísticamente García Román ha dado un salto imprevisible para los que conocíamos sus anteriores trabajos. Es difícil seleccionar unos pocos ejemplos en un libro plagado de imágenes y parlamentos sorprendentes, herederos del surrealismo tanto literario como pictórico: “Los sueños son nuestra vida contada a los oídos de los peces”, “La radiografía mostró la bala alojada como un niño, como una larva (…). También mostró las vértebras: cubiletes para narcisos”, o “El braille es como una erupción. Tanto exceso de lenguaje”. A esta atmósfera delirante contribuyen los pequeños textos que suelen acompañar a los poemas, pertenecientes a un “cuaderno del apuntador” de esta ópera, que oscilan entre el microrrelato, la greguería y el chiste deliciosamente blasfemo: “La jirafa se acercó a la cruz, se hizo paso entre los banderilleros, picadores y utilleres allí reunidos y lamió el rostro de Jesucristo. No en vano, para ese fin, con motivo de ese momento culmen, le había crecido el cuello durante milenios y milenios”.
Esta enunciación polifónica, que usa de manera casi continua el anticlímax, el metalenguaje, la intertextualidad, la acotación y la autorreferencia (“¿recuerdas a la mosca de la segunda estrofa del poema?”), supone un alejamiento tan radical de la doxa poética habitual que es inevitable caer en el exceso y la irregularidad, en ciertos momentos. Pero también nos depara una lectura llena de destellos inesperados, donde cabe destacar “Ser tú” como uno de los poemas de amor más originales de la lírica reciente, con una asombrosa mezcla de ternura y comicidad, y también podemos encontrar reflexiones no exentas de calado: “Cerca del capitalismo-supernova el tiempo es relativo / y la historia, un museo”. Con “El fósforo astillado”, Juan Andrés García Román ha creado un poemario excepcional, cuyo pequeño mundo amenaza continuamente con desbordar las páginas del libro e impregnar la realidad con su lenguaje al mismo tiempo hilarante y trágico, lúcido e imaginativo.



Rubén Martín