VISIONES
Grietas

Raúl Quinto
Editorial La garúa
Editorial La garúa
Hace ya largo tiempo que surgen poéticas españolas ajenas a la tendencia imperante en los años noventa del siglo pasado que (con gloriosas excepciones) convertía la poesía en una colección de anécdotas y apuntes autobiográficos.
Digo esto porque en esta nueva edición de Grietas, libro del poeta Raúl Quinto (Cartagena 1978) que fue originalmente publicado en 2002 (“en una pequeña editorial granadina” como dice el prólogo) y reeditado con su sobrio formato habitual por la editorial La Garúa, se nos muestra precisamente lo contrario: la disolución del yo como cuestionamiento de la identidad, la evasión de lo particular para realizar una incursión en lo que, en virtud de la palabra, se experimenta como esencial. El título del poemario “Grietas” epigrafia precisamente ese estado de factible tránsito, de ruptura con la realidad, que como ya sugería Cortázar, no está claro si es lo que vemos o lo que hay al otro lado de la línea, de la escisión.
En poemas como “La grieta del sueño” o “La grieta de los labios”, Quinto radiografía la experiencia sin experiencia de lo que no tiene sujeto, del objeto mental y físico en el que el poeta, como testigo innominado, puede llegar a convertirse. “Cuando la realidad / sea nada más que una sombra pervertida.” En estos poemas, es la palabra abierta, precisamente utilizada en el sentido de quiebra del lenguaje discursivo, la que se embarca (como ya lo hiciera con las Vanguardias) en el afán de recuperar el potencial simbólico (“Las heladas alarmas / el sol ciego”) con el fin de desvelar de nuevo el/al mundo.
Este breve (24 poemas que son otras tantas grietas) pero intenso libro, se complementa con una segunda parte denominada “Poemas del Cabo de Gata”, que pudiera parecer una coda o incluso un corolario porque si bien en un primer momento da la impresión de que se han yuxtapuesto ambas partes por razones de espacio o de aprovechamiento editorial, una lectura atenta descubre el pegamento sutil que las aglutina, y en este caso, paradójicamente, es la piedra -o mejor dicho la ruptura de la piedra- la argamasa del puente. Piedra como símbolo de aquello que se resquebraja para dejar pasar la luz, tal vez, o la imagen del pasado, el sonido y la espuma del tiempo que puede ser la mirada del mar. Se intuye en estos poemas, que los acantilados y roquedales de la costa almeriense pudieron ser para el poeta un primer encuentro con lo que cristalizaría después. Lo descriptivo o contemplativo en esta segunda parte cuaja en potencia de reflexión y evocación en Grietas, aunque sea anterior cronológicamente. Lo que quedó de esas tersas playas de Almería era ola de piedra, luz descascarada, y tal vez su evolución natural hacia lo mutado, acaso lo fugaz por encontrarse en perpetua y dolorosa transformación “El agua sufre y tiembla porque siente / y escucha cada grito.”, hacia lo que al cabo (ya lo decía Quevedo) permanece y dura porque seguramente las grietas (como las ruinas) son indestructibles.
Digo esto porque en esta nueva edición de Grietas, libro del poeta Raúl Quinto (Cartagena 1978) que fue originalmente publicado en 2002 (“en una pequeña editorial granadina” como dice el prólogo) y reeditado con su sobrio formato habitual por la editorial La Garúa, se nos muestra precisamente lo contrario: la disolución del yo como cuestionamiento de la identidad, la evasión de lo particular para realizar una incursión en lo que, en virtud de la palabra, se experimenta como esencial. El título del poemario “Grietas” epigrafia precisamente ese estado de factible tránsito, de ruptura con la realidad, que como ya sugería Cortázar, no está claro si es lo que vemos o lo que hay al otro lado de la línea, de la escisión.
En poemas como “La grieta del sueño” o “La grieta de los labios”, Quinto radiografía la experiencia sin experiencia de lo que no tiene sujeto, del objeto mental y físico en el que el poeta, como testigo innominado, puede llegar a convertirse. “Cuando la realidad / sea nada más que una sombra pervertida.” En estos poemas, es la palabra abierta, precisamente utilizada en el sentido de quiebra del lenguaje discursivo, la que se embarca (como ya lo hiciera con las Vanguardias) en el afán de recuperar el potencial simbólico (“Las heladas alarmas / el sol ciego”) con el fin de desvelar de nuevo el/al mundo.
Este breve (24 poemas que son otras tantas grietas) pero intenso libro, se complementa con una segunda parte denominada “Poemas del Cabo de Gata”, que pudiera parecer una coda o incluso un corolario porque si bien en un primer momento da la impresión de que se han yuxtapuesto ambas partes por razones de espacio o de aprovechamiento editorial, una lectura atenta descubre el pegamento sutil que las aglutina, y en este caso, paradójicamente, es la piedra -o mejor dicho la ruptura de la piedra- la argamasa del puente. Piedra como símbolo de aquello que se resquebraja para dejar pasar la luz, tal vez, o la imagen del pasado, el sonido y la espuma del tiempo que puede ser la mirada del mar. Se intuye en estos poemas, que los acantilados y roquedales de la costa almeriense pudieron ser para el poeta un primer encuentro con lo que cristalizaría después. Lo descriptivo o contemplativo en esta segunda parte cuaja en potencia de reflexión y evocación en Grietas, aunque sea anterior cronológicamente. Lo que quedó de esas tersas playas de Almería era ola de piedra, luz descascarada, y tal vez su evolución natural hacia lo mutado, acaso lo fugaz por encontrarse en perpetua y dolorosa transformación “El agua sufre y tiembla porque siente / y escucha cada grito.”, hacia lo que al cabo (ya lo decía Quevedo) permanece y dura porque seguramente las grietas (como las ruinas) son indestructibles.
© Miguel Ángel Gara
Sacrificiales

Rómulo Bustos
Veintisieteletras. 2007.
Veintisieteletras. 2007.
La recién nacida editorial Veintisieteletras empieza con buen pie su colección de poesía con una apuesta decidida por la literatura hispanoamericana (también presente en su colección de narrativa, inaugurada por El profundo sur del argentino Andrés Rivera). Rómulo Bustos (Santa Catalina de Alejandría, Colombia, 1954) es un poeta de renombre en su país natal pero poco conocido en España (con anterioridad, sólo se había publicado en nuestro país su libro Palabra que golpea un color imaginario), un desconocimiento que, a raíz de la lectura de Sacrificiales, hay que lamentar (como hay que felicitarnos de que, poco a poco, gracias a iniciativas editoriales como éstas, su obra pueda llegar a los lectores).
Decir que en Sacrificiales hay una repetida interrogación por lo sagrado tal vez lleve a equívoco. Que nadie busque en este poemario respuestas cómodas ni mucho menos la defensa de una ortodoxia. Bustos se muestra plenamente contemporáneo en ese doble movimiento de sacralización/desacralización que Eugenio Trías consideraba uno de los rasgos característicos del arte que nace del Romanticismo. Acierta Samuel Serrano, en su brillante prólogo, a emparentar la visión del poemario con la del El arco y la lira de Octavio Paz, una visión que nos ofrece una sacralidad que desborda toda fijación religiosa (y que recordemos, en el caso de Paz y probablemente también en Bustos, otorga la prioridad a la poesía sobre la religión, en cuanto que la primera ofrece una vivencia no petrificada ni en dogmas ni en dioses).
El poeta interroga a los signos y los espacios del mundo para buscar esos raros momentos de epifanía en los que se hermanan eternidad y tiempo. Pero esa persecución se da desde una aguda conciencia de temporalidad (“Lo eterno está siempre en fuga ante tus ojos”). El tiempo es el espejo en que se mira nuestra precaria condición humana, capaz sin embargo de encarnar (de crear) una experiencia sagrada del mundo, en dos cuerpos que se unen: “Dios no es un círculo/ Más bien, una ambigua elipse/ un raro animal de dos cabezas/ Dos espaldas/ dos sexos/ dos bocas/ dos respiraciones/ dos lenguas”. Pero, ni siquiera en la plenitud amorosa, lo sagrado deja de mostrar un rostro ambivalente. Al igual que en Bataille (una referencia explícita en el poema “En el zoológico”), Eros y Tanatos se abrazan. Se hacen incluso indistingibles “en el refinado erotismo de la mantis cuya ávida hembra/ en un acto de suprema generosidad eterniza al macho/ mientras este goza inmerso en el infinito placer de la cópula”. No es uno de los aspectos menos importantes del entramado simbólico del libro el peculiar bestiario del autor, lleno de presencias animales tan sugerentes como misteriosas.
Las figuras tradicionales (religiosas) de lo sagrado son miradas con distancia, cuando no con ironía por el poeta. Una ironía, en la que sin embargo late una desazón, que a veces se resuelve en angustia, como la que nos revela ese ángel desprovisto de su razón de ser al perder a su demonio (“El Arcángel”) o el carnicero trasmutado en Abraham en el poema “Sacrificial”. La poesía de Bustos no está desprovista de humor, pero ese humor sabe que a veces la burla es una forma de convocar y conjurar a un tiempo lo siniestro. Lo siniestro que es “lo Absolutamente Otro/ es decir, lo íntimamente tú afuera respirando, debordado de ti/ lo que lo mira”.
La escritura del colombiano recurre a un lenguaje depurado, que busca lo esencial y evita todo exceso retórico. Su escritura se acerca en ocasiones a lo coloquial y a la prosa discursiva, sin perder nunca la tensión poética, a pesar de que la apariencia de engañosa facilidad de algunos de sus textos. Como nos enseña en el poema “Fruta akki”, Bustos sabe muy bien que el poema es siempre un desafío, una sorpresa para su propio creador, que no puede prever su éxito o su fracaso. Afortunadamente, para él y para nosotros, sus lectores, este poemario está lleno de frutos maduros, de buena y necesaria poesía.
Decir que en Sacrificiales hay una repetida interrogación por lo sagrado tal vez lleve a equívoco. Que nadie busque en este poemario respuestas cómodas ni mucho menos la defensa de una ortodoxia. Bustos se muestra plenamente contemporáneo en ese doble movimiento de sacralización/desacralización que Eugenio Trías consideraba uno de los rasgos característicos del arte que nace del Romanticismo. Acierta Samuel Serrano, en su brillante prólogo, a emparentar la visión del poemario con la del El arco y la lira de Octavio Paz, una visión que nos ofrece una sacralidad que desborda toda fijación religiosa (y que recordemos, en el caso de Paz y probablemente también en Bustos, otorga la prioridad a la poesía sobre la religión, en cuanto que la primera ofrece una vivencia no petrificada ni en dogmas ni en dioses).
El poeta interroga a los signos y los espacios del mundo para buscar esos raros momentos de epifanía en los que se hermanan eternidad y tiempo. Pero esa persecución se da desde una aguda conciencia de temporalidad (“Lo eterno está siempre en fuga ante tus ojos”). El tiempo es el espejo en que se mira nuestra precaria condición humana, capaz sin embargo de encarnar (de crear) una experiencia sagrada del mundo, en dos cuerpos que se unen: “Dios no es un círculo/ Más bien, una ambigua elipse/ un raro animal de dos cabezas/ Dos espaldas/ dos sexos/ dos bocas/ dos respiraciones/ dos lenguas”. Pero, ni siquiera en la plenitud amorosa, lo sagrado deja de mostrar un rostro ambivalente. Al igual que en Bataille (una referencia explícita en el poema “En el zoológico”), Eros y Tanatos se abrazan. Se hacen incluso indistingibles “en el refinado erotismo de la mantis cuya ávida hembra/ en un acto de suprema generosidad eterniza al macho/ mientras este goza inmerso en el infinito placer de la cópula”. No es uno de los aspectos menos importantes del entramado simbólico del libro el peculiar bestiario del autor, lleno de presencias animales tan sugerentes como misteriosas.
Las figuras tradicionales (religiosas) de lo sagrado son miradas con distancia, cuando no con ironía por el poeta. Una ironía, en la que sin embargo late una desazón, que a veces se resuelve en angustia, como la que nos revela ese ángel desprovisto de su razón de ser al perder a su demonio (“El Arcángel”) o el carnicero trasmutado en Abraham en el poema “Sacrificial”. La poesía de Bustos no está desprovista de humor, pero ese humor sabe que a veces la burla es una forma de convocar y conjurar a un tiempo lo siniestro. Lo siniestro que es “lo Absolutamente Otro/ es decir, lo íntimamente tú afuera respirando, debordado de ti/ lo que lo mira”.
La escritura del colombiano recurre a un lenguaje depurado, que busca lo esencial y evita todo exceso retórico. Su escritura se acerca en ocasiones a lo coloquial y a la prosa discursiva, sin perder nunca la tensión poética, a pesar de que la apariencia de engañosa facilidad de algunos de sus textos. Como nos enseña en el poema “Fruta akki”, Bustos sabe muy bien que el poema es siempre un desafío, una sorpresa para su propio creador, que no puede prever su éxito o su fracaso. Afortunadamente, para él y para nosotros, sus lectores, este poemario está lleno de frutos maduros, de buena y necesaria poesía.
© José Luis Gómez Toré
Sleeping Train

José Ramón Huidobro
Amargord Ed.
Amargord Ed.
De vez en cuando aparece un libro que nos reconcilia con la idea de la poesía no entendida exclusivamente como construcción verbal, sino como mirada y visión preñada de perplejidad. Este es el caso del último libro del poeta José Ramón Huidobro, Sleeping train.
Compuesto por dos zonas yuxtapuestas que se entrelazan sutilmente en la mente del lector-espectador, este heterodoxo libro es un acercamiento a la India por medio de la imagen y la palabra (la mirada y la visión) de una realidad tan compleja como fascinante. Decía Kipling que el mundo cabe en la India, pero lo que también es cierto es que, como en la fábula bíblica del ojo de la aguja, no todos pueden entrar fácilmente en el paraíso de su inmensa capacidad de seducción, de sus muchedumbres de dioses, sus cultos y las milenarias costumbres que se debaten a los ojos del occidental entre la pura magia y el folclore sofocado por las toneladas de pobreza. Pero (y este libro es buena muestra de ello) a la India no hay que mirarla con ojos de registrador de la propiedad sino con ojos de niño o, como es el caso, de poeta.
El nombre del libro hace referencia a un viaje que el autor realizó por el país a bordo de un tren en la llamada Sleeper Class. Apenas sin ventanas, durmiendo entre las gentes que iban y venían, el poeta aprovechaba las ocasionales paradas para “poegrafiar” (si se me permite este neologismo mezcla de poetizar más fotografiar) los acontecimientos que saltaban a sus ojos, algunos de ellos, ya plasmados en las fotos, similares a pequeñas epifanías. Al parecer fue más tarde (según cuenta Huidobro), en la retorta del regreso al hogar, cuando se iban a destilar unos poemas que son falsamente descriptivos, porque aunque aparentemente mantienen la vocación fotográfica del libro al describir instantes, a veces con cierto exceso de detalles, una lectura más cuidadosa nos muestra que en realidad lo que se pretende es condensar, resumir, intentar que una sola palabra baste para sanar a cada imagen. “Hedor / huelo a piel / fuera de lugar.” El poeta se encuentra (no siempre gozosamente) atrapado entre dos mundos, entre dos miradas, a veces incluso desde un punto de vista dolorosamente ético “Qué fuerza de voluntad / la de un hombre que niega limosna / a un chico / sin brazos.” y en ocasiones es el vaivén sonoro, el traqueteo en el tren de las lenguas incomprensibles, el que inspira el verso: “Saris / salitre / silban / senos / olas / rotas / seda / desgarrada / espuma / sed.”
Sleeping train es un libro de una frescura poco convencional y acreedor de una tan desacostumbrada como suculenta virtud: se puede abrir el melón de sus agudas evocaciones indistintamente, desde la palabra o desde la imagen, acaso como si se insinuara que aunque las ventanas de la imaginación son innumerables, todas van a dar a un mismo maravilloso lugar.
Compuesto por dos zonas yuxtapuestas que se entrelazan sutilmente en la mente del lector-espectador, este heterodoxo libro es un acercamiento a la India por medio de la imagen y la palabra (la mirada y la visión) de una realidad tan compleja como fascinante. Decía Kipling que el mundo cabe en la India, pero lo que también es cierto es que, como en la fábula bíblica del ojo de la aguja, no todos pueden entrar fácilmente en el paraíso de su inmensa capacidad de seducción, de sus muchedumbres de dioses, sus cultos y las milenarias costumbres que se debaten a los ojos del occidental entre la pura magia y el folclore sofocado por las toneladas de pobreza. Pero (y este libro es buena muestra de ello) a la India no hay que mirarla con ojos de registrador de la propiedad sino con ojos de niño o, como es el caso, de poeta.
El nombre del libro hace referencia a un viaje que el autor realizó por el país a bordo de un tren en la llamada Sleeper Class. Apenas sin ventanas, durmiendo entre las gentes que iban y venían, el poeta aprovechaba las ocasionales paradas para “poegrafiar” (si se me permite este neologismo mezcla de poetizar más fotografiar) los acontecimientos que saltaban a sus ojos, algunos de ellos, ya plasmados en las fotos, similares a pequeñas epifanías. Al parecer fue más tarde (según cuenta Huidobro), en la retorta del regreso al hogar, cuando se iban a destilar unos poemas que son falsamente descriptivos, porque aunque aparentemente mantienen la vocación fotográfica del libro al describir instantes, a veces con cierto exceso de detalles, una lectura más cuidadosa nos muestra que en realidad lo que se pretende es condensar, resumir, intentar que una sola palabra baste para sanar a cada imagen. “Hedor / huelo a piel / fuera de lugar.” El poeta se encuentra (no siempre gozosamente) atrapado entre dos mundos, entre dos miradas, a veces incluso desde un punto de vista dolorosamente ético “Qué fuerza de voluntad / la de un hombre que niega limosna / a un chico / sin brazos.” y en ocasiones es el vaivén sonoro, el traqueteo en el tren de las lenguas incomprensibles, el que inspira el verso: “Saris / salitre / silban / senos / olas / rotas / seda / desgarrada / espuma / sed.”
Sleeping train es un libro de una frescura poco convencional y acreedor de una tan desacostumbrada como suculenta virtud: se puede abrir el melón de sus agudas evocaciones indistintamente, desde la palabra o desde la imagen, acaso como si se insinuara que aunque las ventanas de la imaginación son innumerables, todas van a dar a un mismo maravilloso lugar.
© Miguel Ángel Gara
Pájaro en llamas
Ángel María Fernández
CIA & Cía Editores. Logroño. 2007.
CIA & Cía Editores. Logroño. 2007.
Cada vez que un poeta es capaz de romper el silencio de lo público con su primera obra, debemos pensar que ha nacido otra voz –no para él, sino para nosotros– que intentará sacarnos de la mecánica repetición lingüística cotidiana para obligarnos a mirar con un nuevo lenguaje aquello que pensábamos ya estaba dicho. Es en este sentido que la obra de Ángel Mª Fernández cobra más valor, si se puede, que el implícito en ella misma, puesto que nos permite volver a reflexionar, a través de una nueva lectura, sobre lo real.
Pájaro en llamas es un libro lleno de ironía, humor y reflexión sobre el poeta y la poesía. Es así como en el texto “Del viaje” nos entrega una particular lectura de “Ítaca”, de Konstantino Kavafis. Con más de un verso idéntico al del poeta alejandrino, Fernández nos pone en alarta sobre su particular lectura en la segunda estrofa: “Consume comunes productos típicos/ en cada plaza visitada/ huele a las gentes, conoce sus flores.” Pero no es sino al final, cuando ya nos ha repetido el famoso verso “pide que tu camino sea largo”, que se nos ofrece, por decirlo de una manera también irónica, “el verdadero rostro de las cosas”, o sea, aquello que rompe la idealización del viaje: “Y cuando ahíto regreses a Itaca/ tus vecinos seguirán viendo en ti/ al mismo mentecato de siempre”.
Es sin duda en “Haiku de cienta” donde mejor aparece reflejada la ironía, que no es otra cosa que un recurso más para ahondar no en la realidad, sino en lo real, en lo que, estando, no queremos ver: “Vuela el gorrión./ Cargo la carabina./ ¿Vuela el gorrión?”, texto magistral, porque tomando prestada la observación idílica de la naturaleza presente en la medida japonesa, es capaz de desmontarla a través de su acidez, su partucular humor, mostrándonos la cara de la medalla que generalmente no estamos dispuestos a aceptar.
Es curioso cómo el poeta domina tan bien algunas de sus lecturas. Algo similar a lo que ocurría con “Dal viaje” y su referencia a “Ítaca” sucede con “Muchacho” y su referencia a “Autorretrato” del antipoeta Nicanor Parra: ambos poemas utilizan con maestría la repetición exagerada de las horas trabajadas diariamiente, ya señaladas con exactitud al comienzo de cada uno de los poemas. Pero mientras Parra habla de lo sufrido que es su trabajo como profesor, Ángel María presenta a un muchacho que ni siquiera ha podido estudiar para profesor o que –¡oh biografía del autor, nunca bien citada!–, teniendo el título de profesor, tiene que trabajar en cualquier otra cosa. De esta manera, el poema no es sólo una cita, sino una cita irónica del texto original, lo que lo lleva a rivalizar directamente en calidad y peso literario con su antecedente.
Pero Fernández también es capaz de sacarse la ironía de encima y seguir entregándonos una mirada lúcida y hasta dolorosa. Es lo que ocurre con el bellísimo texto “Heráclito y Hermógenes”, donde el poeta es capaz de ahondar en la amistad que surge en la diferencia, en sentimientos poco claros o subestimados por el núcleo social que representan los amigos: “se miran a lo lejos, ríen, guiñan/ un ojo, aman, pero no publican/ su amistad; quizá no sepan entonces/ lo que los significa, quizá ahora/ todavía son puros. No distinguen/ lo que ya los separa, para siempre, del resto.”
El único poema que flaquea en relación con la poética del libro, especialmente por lo anecdótico (recordemos: el arte comienza donde acaba la anécdota, la ocurrencia), porque suena a ya dicho y porque cae en una sentimentalidad fácil (“La sentimentalidad es la corrupción del sentimiento”, Stevens) es el último, donde nunca se llega a los grados de ironía y profundidad del resto de los poemas. Si a esto sumamos su posición en el libro, llegamos a la conclusión de que es altamente perjudicial, ya que puede confundir la lectura de la totalidad.
En todo caso, para ser un libro de sólo catorce textos, “Pájaro en llamas” está plagado de buena poesía; así queda claro al hacer una simple enumeración: “Non temere, cuore, é soltanto un tunnel”, “Exilio”, “Fragmentos del mar”, “Ejercicio”, “El mosquito”, “La vida da la una” y “La que no existe”, además de los poemas anteriormente nombrados lo llevan a sacar nota. Si a esto le sumamos una utilización de la métrica y ritmos clásicos que rondan lo magistral, especialmente porque “estando, no están”, nos encontraremos con que Ángel Mª Fernández llega a su primera publicación de manera poco ingenua, cuestión que nos demuestra con creces este puñado de buena poesía.
Pájaro en llamas es un libro lleno de ironía, humor y reflexión sobre el poeta y la poesía. Es así como en el texto “Del viaje” nos entrega una particular lectura de “Ítaca”, de Konstantino Kavafis. Con más de un verso idéntico al del poeta alejandrino, Fernández nos pone en alarta sobre su particular lectura en la segunda estrofa: “Consume comunes productos típicos/ en cada plaza visitada/ huele a las gentes, conoce sus flores.” Pero no es sino al final, cuando ya nos ha repetido el famoso verso “pide que tu camino sea largo”, que se nos ofrece, por decirlo de una manera también irónica, “el verdadero rostro de las cosas”, o sea, aquello que rompe la idealización del viaje: “Y cuando ahíto regreses a Itaca/ tus vecinos seguirán viendo en ti/ al mismo mentecato de siempre”.
Es sin duda en “Haiku de cienta” donde mejor aparece reflejada la ironía, que no es otra cosa que un recurso más para ahondar no en la realidad, sino en lo real, en lo que, estando, no queremos ver: “Vuela el gorrión./ Cargo la carabina./ ¿Vuela el gorrión?”, texto magistral, porque tomando prestada la observación idílica de la naturaleza presente en la medida japonesa, es capaz de desmontarla a través de su acidez, su partucular humor, mostrándonos la cara de la medalla que generalmente no estamos dispuestos a aceptar.
Es curioso cómo el poeta domina tan bien algunas de sus lecturas. Algo similar a lo que ocurría con “Dal viaje” y su referencia a “Ítaca” sucede con “Muchacho” y su referencia a “Autorretrato” del antipoeta Nicanor Parra: ambos poemas utilizan con maestría la repetición exagerada de las horas trabajadas diariamiente, ya señaladas con exactitud al comienzo de cada uno de los poemas. Pero mientras Parra habla de lo sufrido que es su trabajo como profesor, Ángel María presenta a un muchacho que ni siquiera ha podido estudiar para profesor o que –¡oh biografía del autor, nunca bien citada!–, teniendo el título de profesor, tiene que trabajar en cualquier otra cosa. De esta manera, el poema no es sólo una cita, sino una cita irónica del texto original, lo que lo lleva a rivalizar directamente en calidad y peso literario con su antecedente.
Pero Fernández también es capaz de sacarse la ironía de encima y seguir entregándonos una mirada lúcida y hasta dolorosa. Es lo que ocurre con el bellísimo texto “Heráclito y Hermógenes”, donde el poeta es capaz de ahondar en la amistad que surge en la diferencia, en sentimientos poco claros o subestimados por el núcleo social que representan los amigos: “se miran a lo lejos, ríen, guiñan/ un ojo, aman, pero no publican/ su amistad; quizá no sepan entonces/ lo que los significa, quizá ahora/ todavía son puros. No distinguen/ lo que ya los separa, para siempre, del resto.”
El único poema que flaquea en relación con la poética del libro, especialmente por lo anecdótico (recordemos: el arte comienza donde acaba la anécdota, la ocurrencia), porque suena a ya dicho y porque cae en una sentimentalidad fácil (“La sentimentalidad es la corrupción del sentimiento”, Stevens) es el último, donde nunca se llega a los grados de ironía y profundidad del resto de los poemas. Si a esto sumamos su posición en el libro, llegamos a la conclusión de que es altamente perjudicial, ya que puede confundir la lectura de la totalidad.
En todo caso, para ser un libro de sólo catorce textos, “Pájaro en llamas” está plagado de buena poesía; así queda claro al hacer una simple enumeración: “Non temere, cuore, é soltanto un tunnel”, “Exilio”, “Fragmentos del mar”, “Ejercicio”, “El mosquito”, “La vida da la una” y “La que no existe”, además de los poemas anteriormente nombrados lo llevan a sacar nota. Si a esto le sumamos una utilización de la métrica y ritmos clásicos que rondan lo magistral, especialmente porque “estando, no están”, nos encontraremos con que Ángel Mª Fernández llega a su primera publicación de manera poco ingenua, cuestión que nos demuestra con creces este puñado de buena poesía.